La huella educadora de tantos jesuitas
vascos en nuestra formación escolar y universitaria dejó
en muchos de nosotros la percepción de una segunda patria. A
través de ellos aprendimos a amar lo que comenzábamos
a admirar: el vigor, la disciplina, la sobriedad, características
que identificábamos con lo vasco y que Jorge Olavarría
resumiría al escribir: "En su conjunto, el pueblo vasco
está adornado por
sobresalientes virtudes de laboriosidad, robusta estructura familiar,
fuerte conciencia de solidaridad comunal, gran religiosidad y alto sentido
de la ética". Un reciente contacto con el País Vasco
no pudo sino confirmar esa imagen, persistente en la memoria y el afecto.
Sin desconocer los temores generados por la presencia de una violencia
de pocos en contraste con una mayoritaria voluntad de paz, qué
diferencia entre el País Vasco de la vorágine mediática
y este pueblo orgulloso de su cultura, amante de sus tradiciones, erguido
sobre el esfuerzo constante de su gente, firme en aspiración
de paz, alejado de las estridencias, afirmado en la sencillez y los
auténticos valores humanos.
Al recorrerlo, uno no puede sino admirar el valor del esfuerzo individual,
del sentido del detalle, del cuidado de las cosas, de la presencia de
una infraestructura urbana no avasallante, con respeto por la escala
humana, paralelamente con una comunidad rural moderna, estupendamente
comunicada, estimulante para propios y extraños. La búsqueda
de armonía se concreta aquí en efectivas políticas
de desconcentración urbana, con ciudades equilibradas, desarrollos
habitacionales funcionales, vivibles, en cantidades manejables. No hay
duda de la presencia de esa sabiduría que sabe conjugar urbanismo
con entorno, modernidad con tradición, responsabilidad frente
al país con efectiva cultura de cuido y de mantenimiento.
Lejos de gigantescos centros comerciales, el gusto del vasco está
orientado hacia lo esencial, la simplicidad, las tiendas pequeñas
y bien surtidas con abundante producción nacional, las costumbres
locales, los restaurantes donde florece la tradicional cocina vasca.
Los vascos han sabido sobreponerse al dolor de guerras, invasiones,
luchas fraticidas e incluso a los desastres generados por sus propias
ambiciones, causantes en el pasado de graves daños a su ecología.
Donde se arrastraban aguas contaminadas por la presencia industrial,
hoy corren ríos cristalinos como el Nervión; donde se
asentaban gigantescas fundiciones y empresas metalúrgicas selevantan
atrevidas obras arquitectónicas como el impresionante museo Guggenheim.
No es difícil descubrir muchas de las razones que han hecho
que los vascos sean admirados y respetados en todo el mundo. Su obra
es sólida, hecha para durar, para desafiar al tiempo y a la adversidad.
Expresan una cultura contraria a la veleidad de la moda, del inaugurar
sin mantener, del declarar y no hacer. Gente prudente, austera, con
alto sentido nacional, con afecto por lo local, preserva los valores
orientados hacia la familia, la ética, la espiritualidad, el
orgullo de su cultura y su identidad.
De los vascos tendríamos muchas lecciones que aprender: a querer
al país, a entenderlo, construirlo y preservarlo; a sentar bases
duraderas y proponerse metas exigentes; a afirmar la grandeza sobre
los hechos más que sobre las intenciones; a valorar el callado
"mantener" por encima del ostentoso "inaugurar".
Y, por encima de todo, a reconocer lo vital.
Más que palabras, ideologías o corrientes económicas
y sociales, el vasco valora la familia, el amor por el trabajo constante
y creador, sus convicciones religiosas y sus raíces culturales.
De la nobleza de estos valores surge una sociedad viva y pujante que
se trasforma a sí misma sin desfigurarse.
En este nuevo contacto con el País Vasco ¿cómo
no recordar, entonces, a los maestros de infancia y juventud y no hacer
memoria de ilustres ciudadanos vascos, dignos del mayor respeto y de
la mayor admiración, como el médico sanitarista José
María Bengoa, con quien Venezuela tiene una enorme deuda por
su prodigiosa labor en el campo de la salud, especialmente en nuestro
medio rural; o del Hermano Ginés, creador y motor de la Fundación
La Salle; o el jesuita José María Vélaz, fundador
de Fe y Alegría; o el Padre Genaro Aguirre, impulsor de la Asociación
Venezolana de Educación Católica (AVEC) y tantísimos
otros con tan valiosos aportes en todos los campos de la vida venezolana?
En todos ellos está esa patria vasca a la que tanto debemos
agradecer y de la que tanto podemos aprender.