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  Vascos: memoria y ejemplo

15 de Marzo de 2006

 

La huella educadora de tantos jesuitas vascos en nuestra formación escolar y universitaria dejó en muchos de nosotros la percepción de una segunda patria. A través de ellos aprendimos a amar lo que comenzábamos a admirar: el vigor, la disciplina, la sobriedad, características que identificábamos con lo vasco y que Jorge Olavarría resumiría al escribir: "En su conjunto, el pueblo vasco está adornado por
sobresalientes virtudes de laboriosidad, robusta estructura familiar, fuerte conciencia de solidaridad comunal, gran religiosidad y alto sentido de la ética". Un reciente contacto con el País Vasco no pudo sino confirmar esa imagen, persistente en la memoria y el afecto.

Sin desconocer los temores generados por la presencia de una violencia de pocos en contraste con una mayoritaria voluntad de paz, qué diferencia entre el País Vasco de la vorágine mediática y este pueblo orgulloso de su cultura, amante de sus tradiciones, erguido sobre el esfuerzo constante de su gente, firme en aspiración de paz, alejado de las estridencias, afirmado en la sencillez y los auténticos valores humanos.

Al recorrerlo, uno no puede sino admirar el valor del esfuerzo individual, del sentido del detalle, del cuidado de las cosas, de la presencia de una infraestructura urbana no avasallante, con respeto por la escala humana, paralelamente con una comunidad rural moderna, estupendamente comunicada, estimulante para propios y extraños. La búsqueda de armonía se concreta aquí en efectivas políticas de desconcentración urbana, con ciudades equilibradas, desarrollos habitacionales funcionales, vivibles, en cantidades manejables. No hay duda de la presencia de esa sabiduría que sabe conjugar urbanismo con entorno, modernidad con tradición, responsabilidad frente al país con efectiva cultura de cuido y de mantenimiento.

Lejos de gigantescos centros comerciales, el gusto del vasco está orientado hacia lo esencial, la simplicidad, las tiendas pequeñas y bien surtidas con abundante producción nacional, las costumbres locales, los restaurantes donde florece la tradicional cocina vasca.

Los vascos han sabido sobreponerse al dolor de guerras, invasiones, luchas fraticidas e incluso a los desastres generados por sus propias ambiciones, causantes en el pasado de graves daños a su ecología. Donde se arrastraban aguas contaminadas por la presencia industrial, hoy corren ríos cristalinos como el Nervión; donde se asentaban gigantescas fundiciones y empresas metalúrgicas selevantan atrevidas obras arquitectónicas como el impresionante museo Guggenheim.

No es difícil descubrir muchas de las razones que han hecho que los vascos sean admirados y respetados en todo el mundo. Su obra es sólida, hecha para durar, para desafiar al tiempo y a la adversidad. Expresan una cultura contraria a la veleidad de la moda, del inaugurar sin mantener, del declarar y no hacer. Gente prudente, austera, con alto sentido nacional, con afecto por lo local, preserva los valores orientados hacia la familia, la ética, la espiritualidad, el orgullo de su cultura y su identidad.

De los vascos tendríamos muchas lecciones que aprender: a querer al país, a entenderlo, construirlo y preservarlo; a sentar bases duraderas y proponerse metas exigentes; a afirmar la grandeza sobre los hechos más que sobre las intenciones; a valorar el callado "mantener" por encima del ostentoso "inaugurar". Y, por encima de todo, a reconocer lo vital.

Más que palabras, ideologías o corrientes económicas y sociales, el vasco valora la familia, el amor por el trabajo constante y creador, sus convicciones religiosas y sus raíces culturales.

De la nobleza de estos valores surge una sociedad viva y pujante que se trasforma a sí misma sin desfigurarse.

En este nuevo contacto con el País Vasco ¿cómo no recordar, entonces, a los maestros de infancia y juventud y no hacer memoria de ilustres ciudadanos vascos, dignos del mayor respeto y de la mayor admiración, como el médico sanitarista José María Bengoa, con quien Venezuela tiene una enorme deuda por su prodigiosa labor en el campo de la salud, especialmente en nuestro medio rural; o del Hermano Ginés, creador y motor de la Fundación La Salle; o el jesuita José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría; o el Padre Genaro Aguirre, impulsor de la Asociación Venezolana de Educación Católica (AVEC) y tantísimos otros con tan valiosos aportes en todos los campos de la vida venezolana?

En todos ellos está esa patria vasca a la que tanto debemos agradecer y de la que tanto podemos aprender.