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  LOS DESAFÍOS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS DEMOCRÁTICOS EN AMÉRICA LATINA CARA AL SIGLO XXI

José Rodríguez Iturbe

Secretario General de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA)

 

A mediados de los 50 un autor cubano de apellido Pittaluga escribió un libro llamado Diálogos sobre el Destino. En él escribió una frase que puede servir,corno preámbulo a mi exposición: "Cuando existen partidos sin política -termina "pof haber una política sin partidos ". La vitalidad de los partidos políticos radica —es obvio— en su política. Partidos con vida, partidos con política, hacen falta para la salud de las democracias. Sólo partidos con política resultan pantera de. ciudadanos. Y sólo con ciudadanos logran entidad y continuidad las democracias. Porque cftiSádamia. y democracia se exigen mutuamente. Y democracia verdadera y pluralidad de partidos, también.

Un intento de síntesis de los retos de los partidos políticos hacia el siglo XXI, por la democratización de las realidades nacionales y la democratización del nuevo orden internacional (que debe cristalizar en este tiempo post guerra fría), señalaría que la misión insustituible de los partidos es la generación de nuevas élites políticas. Formar élites políticas no es algo antidemocrático. Por el contrario, sólo la existencia de élites políticas hace posible la formación de los consensos básicos que la sociedad democrática reclama. Consensos sobre valores. Consensos sobre proyectos políticos concretos. Consensos sobre instituciones y procedimientos. La inexistencia o ruptura de los consensos democráticos suele ir, en nuestros países, acompañado del cuestionamiento o desaparición de élites políticas con auctoritas social y capacidad pragmática para el tratamiento de las cuestiones de Estado. Pienso que para generar nuevas élites políticas los partidos democráticos deben postular una política de valores que sirva no sólo a sus militantes sino a sus pueblos para superar el escepticismo postmoderno, propicio a la aceptación de cualquier neofascismo. A su vez, la política de valores será estéril si las organizaciones políticas democráticas no logran generar y promover nuevas élites.

Hablo, quizá, muy condicionado por la realidad que se observa en la América Latina, en general, y por la de mi patria, Venezuela, en particular. No bastan personalidades destacadas ilustradas para dar solidez a las instituciones democráticas de nuestras repúblicas; ni para garantizar que los partidos puedan responder a los desafíos de comienzos del nuevo siglo y del nuevo milenio. Líderes, de las más variadas ideologías, no han faltado. Algunos de ellos han tenido una talla excepcional. Y, sin embargo, hoy es patente el riesgo de que los partidos sin política generen la política sin partidos. A los caudillos militares del siglo XIX y comienzos del XX los sucedieron los caudillos civiles. Estos fundaron y dirigieron partidos. Pero como su vida pública estuvo en función de su ambición de poder, las instituciones democráticas fundadas y dirigidas por ellos se mostraron débiles al dejar de ser dirigidas por ellos. Quizá por la huella caudillista en su origen los partidos políticos latinoamericanos no han generado las élites políticas necesarias para la conducción eficaz de los Estados democráticos. Y como los vacíos del cuerpo social se llenan normal o patológicamente diera la impresión de que, en cambio, los militares, más que preocuparse profesionalmente de lo suyo, están produciendo hoy dirigentes políticos. Tal desorden no es bueno, porque hace imposible la armonía social. No es bueno, porque aumenta el riesgo de involución antidemocrática o de debilidad creciente de las democracias no estabilizadas o desestabilizadas. Involución, no estabilidad o desestabilidad que presenta al sector militar como supuesto garante de bienestar y orden a costa de falta de respeto a los derechos humanos y al orden constitucional.

Además, los regímenes democráticos en América Latina han tenido dos grandes talones de Aquiles: la ineficacia y la corrupción. El primero de carácter técnico,, el segundo de carácter moral. La corrupción, por si fuera poco, ha hecho más profunda la ineficacia del sector público. Frente a la ineficacia, resulta impostergable la capacitación técnica del liderazgo político, sobre todo en el campo económico. Frente a la corrupción, la educación democrática del nuevo liderazgo debe poseer un fuerte contenido moral. La perversión de lo público por la corrupción de los gobernantes ha minado la adhesión a la democracia de amplios sectores populares latinoamericanos.

Me parece que los dos grandes desafíos de las organizaciones partidistas democráticas en América latina son, pues, la formación y promoción de élites políticas con sentido de Estado; y la formación y promoción de un liderazgo de alto nivel técnico con capacidad de respuesta desde los niveles gerenciales del Estado a la crisis económica que sacude a nuestra región. La falta de estabilidad política y los problemas de nuestras economías son fenómenos claramente vinculados. Esos desafíos contribuirán ha mantener la política en manos de los políticos, como es natural. La pretensión de los militares en América Latina de dedicarse a la gestión pública propia de los políticos no es nueva. Ella ha provocado en nuestra historia desajustes trágicos. Ha provocado y puede seguir provocando en el futuro graves distorsiones. Porque el populismo extendido en América Latina en los años de la guerra fría hizo popular una ideología estatista que aún susbsiste. El cambio cultural político proclamado por los políticos democráticos, que pretendían reducir en términos pragmáticos y realista el papel sobredimensionado del Estado, ha encontrado fuertes resistencias. Así, en la actualidad, el neomilitarismo político latinoamericano, con una clara posición antipartidista y con poca o ninguna convicción democrática, no representa, desde el punto de vista cultural político, ninguna novedad. Si los partidos democráticos hasta ahora han fallado en la generación de nuevas élites, los militares están produciendo de sus filas dirigentes políticos con una mentalidad absolutamente atrasada. Ellos son la última expresión de un populismo y de un estatismo antihistórico. La ruta que proclaman los voceros de ese neomilitarismo es la ruta de la involución política y económica de las naciones latinoamericanas.

Un imaginario colectivo en favor del estatismo y del populismo unido a la emergencia política de sectores militares ha contribuido a la pérdida de la racionalidad política. Eso llena de temores y prejuicios la dinámica de la institucionalidad formalmente democrática.

En el caso de Venezuela, p. e., nunca se ha designado, en el último medio siglo, un Ministro de la Defensa civil (como acontece ya en casi todo el continente); y en las últimas elecciones presidenciales el candidato más votado rué un ex oficial golpista que conoce de blindados (el hoy Presidente Hugo Chávez) y el menos votado un brillante economista graduado en Yale (Miguel Rodríguez). En el Perú, Fujimori ha hecho algo que intenta imitarse ahora en Venezuela: las fuerzas armadas desempeñan el papel de partido de gobierno. Esas distorsiones, producto de la pérdida de racionalidad política, conducen a corto plazo a tales vacíos en la organización política democrática del pueblo, que facilitan una dialéctica de extremos y la reducción del espacio político del centro democrático.

A fines de los 70 la meta política de los sectores democráticos en América Latina era simple: la institucionalización de la libertad. Nuestros países estaban plagados de dictaduras militares y de regímenes civiles en los cuales el pluralismo y las libertades eran asuntos cosméticos. El proceso de democratización de los 80 supuso no sólo la entrega del poder por la institución armada, sino el regreso de los ejércitos a sus cuarteles y su sujeción — legal y real— al poder civil. Ese fue un proceso gradual. La política democrática no es una política armada. No se apoya en las armas. La gradualidad de los 80 presenta, en la segunda mitad de los 90, en el fin del siglo y del milenio, síntomas de retroceso.

No se trata de postular un simple antimilitarismo. Las organizaciones políticas democráticas aspiran a la consolidación de un orden social en el cual las Fuerzas Armadas desempeñen su función necesaria con estricto apego a los mandatos constitucionales, bajo la sujeción y el control del poder civil legítimamente electo por el pueblo. Los caudillismos y mesianismos —civiles o militares— sólo preparan el caos. Nuestra historia está llena de pretorianismos que se proclaman a sí mismos salvadores, cuando no pasan, en su potencialidad de ser dictadores. La democracia civilista exige, sin duda, en América Latina, una creciente madurez institucional como cauce del existir republicano. No podemos, sin embargo, desconocer la realidad. La madurez institucional no se decreta. Requiere de una élite política que debe ser formada y promovida por los partidos democráticos y de una tecnocracia con capacidad de manejo de la crisis económica.

Se debe recordar que s\fin de la historia (Fukuyama), con unlversalizada e impuesta economía de mercado y economía liberal, dista mucho de ser realidad operativa a nivel mundial. En verdad sólo podría predicarse tal hecho, como fenómeno existente, en líneas generales, en América del Norte y en Europa Occidental. No en América Latina, hoy. La globalización es una realidad que, en un escenario de crisis de dimensiones cuasi mundiales, no resulta con bondades evidentes para la economía y el bienestar de nuestros pueblos. Por otra parte, América Latina —y sería necio desconocerlo— no está en condiciones de imponer las reglas de juego a nivel universal. Puede y debe, sí, fortaleciendo sus procesos de integración, procurar humanizar la globalización. Pero nuestras naciones necesitan, repito, tecnocracias capaces que junto con una nueva élite política generada por los partidos, permita superar la ideología estatista y populista actualmente recogida por el neomilitarismo.

La situación de nuestros países frente a la realidad económica actual es diferente. México, como integrante del TLC, y Chile, con una de las mejores horas económicas de su historia —ambos integrantes del Área Asia Pacífico— parecen ser los únicos países de América Latina que, más allá de las complicaciones domésticas de toda economía, enfrentan la globalización sin temores letales. La situación de los demás no es esa. Basta seguir los análisis de especialistas para captar como, a nivel internacional, se mete en un mismo saco a todas las llamadas economías emergentes. Así, la caída de la bolsa de Moscú repercute en la caída de la bolsa de Caracas. O las tendencias devalucionistas afectan, por un perverso efecto en cadena, a las monedas de Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador. La caja de conversión significó la paridad de la moneda local con el dólar en la Argentina. Tal solución (de elevado costo social) no parece, sin más, adoptable por los demás países. Los valores de la deuda externa de nuestros naciones sufren periódicamente una baja en su cotización internacional. La globalización está mostrando, respecto a la mayoría de los Estados de América Latina, su rostro negativo. Y no parece que las recetas monetaristas del FMI encierren la verdadera solución.

La Cámara de Representantes de los Estados Unidos negó en 1998 la autorización para aportes extraordinarios norteamericanos al FMI para atender la crisis de las economías latinoamericanas. Las limitaciones que el propio FMI evidencia, después de los auxilios acordados a Corea del Sur, para atender las urgencias de la crisis de Rusia y las implicaciones globales que la agudización de ciertos escenarios tendientes al caos han llevado ya al señalamiento frecuente de que mundialmente, a pesar de la globalización, estamos frente a una sacudida de los sistemas financieros de consecuencias impredecibles.

En el caso de Venezuela, por ejemplo, la caída de los precios petroleros ha generado un gran desbalance fiscal. Lo que acontece a Venezuela con los precios del petróleo le pasa a Colombia con los precios del café. Puede señalarse, sin embargo, que la economía colombiana, más allá de las fluctuaciones de los precios cafetaleros y de las señales preocupantes de su política interna (situación virtual de guerra civil; la incidencia distorsionante del narcotráfico en el orden social, político y económico), llevaba más de veinte años en crecimiento constante (fenómeno exactamente inverso al de Venezuela, no plenamente atribuible a los ingresos provenientes del narcotráfico). En el caso del Brasil, la situación pareciera ser diferente. La caída de los precios del café parece afectar en mucho menor medida actualmente a la economía brasileña. El gigantesco Brasil de 8,5 millones de km2 y casi 200 millones de habitantes, por su impresionante proceso de industrialización y sus posibilidades de economía de escala, sólo depende en un 30 % de su PIB de las exportaciones cafetaleras. Brasil ocupa en la actualidad el puesto n. 10 entre las naciones industrializadas del mundo. Por eso su importancia para el conjunto de América Latina. No sólo el MERCO SUR, sino todo el proceso de integración latinoamericano resultaría una ficción sin la presencia determinante del Brasil. Luego de las Cumbres Hemisféricas de Miami y Santiago de Chile, la voluntad política para establecer el año 2005 el Área de Libre Comercio de las Américas parece ser, más que de otros factores, el resultado del firme compromiso brasileño con el proceso de integración y con el ALCA. Ya desde inicios de los 90 Brasil había hecho al resto de América Latina su principal socio comercial.

México contempla con Zedillo su primer gobierno de democracia pluralista, abierto, de veras, a la alternabilidad. Si Menem o un amigo de Menem no sucede a Menem, en la Argentina, lo hará algún político democrático de la Alianza Opositora (UCR+FREPASO). No luce problemático para las fuerzas políticas democráticas la sucesión de Sanguinetti en Uruguay. Es de suponer que en Brasil, luego del segundo mandato de Cardoso, que ha comenzado con dificultades económicas, la continuidad democrática esté asegurada. ¿Pasará lo mismo en Colombia y Ecuador, luego de los mandatos de Pastrana y Mahuad? Podría predecirse que sí. Tan rotunda respuesta no puede hoy darse en el caso de Venezuela. Chávez resulta una peligrosa incógnita. Su acceso al poder ha venido acompañado de un reforzamiento del militarismo. La sucesión de Fujimori también puede venir acompañada de fórmulas pro militaristas, si los liderazgos del PPC y el APRA no logran nuevas formas eficaces de organización política. Banzer en Solivia es la expresión de un dictador militar convertido en demócrata. Su sucesión abre hondas interrogantes sobre el liderazgo de recambio. En El Salvador, Guatemala y Honduras la dialéctica de extremos lleva a consolidar a las fórmulas de derecha o centro derecha con respaldo claro de las fuerzas armadas. En el caso de Cuba, el escenario más realista de la transición posible (aunque quizá no el más deseable) presenta a las FARC jugando un papel fundamental en el inicio del tiempo post Castro.

Todo lo anterior refuerza, a mi entender, la tesis sencilla que deseo transmitirles: que los partidos democráticos encuentran como principal desafío para defender su naturaleza de organizaciones populares y para contribuir al desarrollo de la institucionalidad democrática de nuestros países la generación y promoción de élites políticas y de cuadros tecnocráticos capaces de gerenciar y superar la crisis de nuestras economías. En este sentido, la cooperación internacional entre los partidos e instituciones democráticas es importante.

Si no responden a ese desafío el destino de la democracia latinoamericana puede ser incierto. Recuerdo la frase de Pittaluga con la que comencé: Cuando hay partidos sin política termina habiendo política sin partido. Se requieren partidos con política para evitar el surgimiento de los viejos fantasmas. .Pareciera estarse operando un nuevo auge del militarismo en América Latina. Sus expresiones, superado el esquema de la guerra fría, parecieran asemejarse a intentos de un fascismo criollo. El nuevo caudillismo luce aliado de un populismo con soporte castrense, que no oculta su desprecio a la dinámica y a la institucionalidad propia de las sociedades democráticas. La mejor forma de derrotarlo es mostrar, con la nueva dinámica de los partidos renovados la eficacia de la honestidad. Nos aproximamos a los años que serán para la mayoría de nuestras patrias los años del bicentenario de la independencia. Buena ocasión para demostrar que la conciencia ciudadana encuentra en los partidos capaces de generar nuevas élites políticas y tecnócratas capaces de vencer la batalla de la crisis económica, su mejor apoyo. Sólo la honestidad y le eficacia acompañadas de la renovación auténtica permitirán revertir la tendencia negativa actual. Tendencia que se expresa, en América Latina, en tensiones sociales y políticas paralelas al auge de un antipoliticismo y antipartidismo, con una evidente disminución de la conciencia ciudadana y del sentido militante de la participación en la vida política.