A mediados de los 50 un autor cubano de apellido Pittaluga escribió
un libro llamado Diálogos sobre el Destino. En él escribió
una frase que puede servir,corno preámbulo a mi exposición:
"Cuando existen partidos sin política -termina "pof haber
una política sin partidos ". La vitalidad de los partidos
políticos radica —es obvio— en su política.
Partidos con vida, partidos con política, hacen falta para la salud
de las democracias. Sólo partidos con política resultan
pantera de. ciudadanos. Y sólo con ciudadanos logran entidad y
continuidad las democracias. Porque cftiSádamia. y democracia se
exigen mutuamente. Y democracia verdadera y pluralidad de partidos, también.
Un intento de síntesis de los retos de los partidos políticos
hacia el siglo XXI, por la democratización de las realidades nacionales
y la democratización del nuevo orden internacional (que debe cristalizar
en este tiempo post guerra fría), señalaría que la
misión insustituible de los partidos es la generación de
nuevas élites políticas. Formar élites políticas
no es algo antidemocrático. Por el contrario, sólo la existencia
de élites políticas hace posible la formación de
los consensos básicos que la sociedad democrática reclama.
Consensos sobre valores. Consensos sobre proyectos políticos concretos.
Consensos sobre instituciones y procedimientos. La inexistencia o ruptura
de los consensos democráticos suele ir, en nuestros países,
acompañado del cuestionamiento o desaparición de élites
políticas con auctoritas social y capacidad pragmática para
el tratamiento de las cuestiones de Estado. Pienso que para generar nuevas
élites políticas los partidos democráticos deben
postular una política de valores que sirva no sólo a sus
militantes sino a sus pueblos para superar el escepticismo postmoderno,
propicio a la aceptación de cualquier neofascismo. A su vez, la
política de valores será estéril si las organizaciones
políticas democráticas no logran generar y promover nuevas
élites.
Hablo, quizá, muy condicionado por la realidad que se observa
en la América Latina, en general, y por la de mi patria, Venezuela,
en particular. No bastan personalidades destacadas ilustradas para dar
solidez a las instituciones democráticas de nuestras repúblicas;
ni para garantizar que los partidos puedan responder a los desafíos
de comienzos del nuevo siglo y del nuevo milenio. Líderes, de las
más variadas ideologías, no han faltado. Algunos de ellos
han tenido una talla excepcional. Y, sin embargo, hoy es patente el riesgo
de que los partidos sin política generen la política sin
partidos. A los caudillos militares del siglo XIX y comienzos del XX los
sucedieron los caudillos civiles. Estos fundaron y dirigieron partidos.
Pero como su vida pública estuvo en función de su ambición
de poder, las instituciones democráticas fundadas y dirigidas por
ellos se mostraron débiles al dejar de ser dirigidas por ellos.
Quizá por la huella caudillista en su origen los partidos políticos
latinoamericanos no han generado las élites políticas necesarias
para la conducción eficaz de los Estados democráticos. Y
como los vacíos del cuerpo social se llenan normal o patológicamente
diera la impresión de que, en cambio, los militares, más
que preocuparse profesionalmente de lo suyo, están produciendo
hoy dirigentes políticos. Tal desorden no es bueno, porque hace
imposible la armonía social. No es bueno, porque aumenta el riesgo
de involución antidemocrática o de debilidad creciente de
las democracias no estabilizadas o desestabilizadas. Involución,
no estabilidad o desestabilidad que presenta al sector militar como supuesto
garante de bienestar y orden a costa de falta de respeto a los derechos
humanos y al orden constitucional.
Además, los regímenes democráticos en América
Latina han tenido dos grandes talones de Aquiles: la ineficacia y la corrupción.
El primero de carácter técnico,, el segundo de carácter
moral. La corrupción, por si fuera poco, ha hecho más profunda
la ineficacia del sector público. Frente a la ineficacia, resulta
impostergable la capacitación técnica del liderazgo político,
sobre todo en el campo económico. Frente a la corrupción,
la educación democrática del nuevo liderazgo debe poseer
un fuerte contenido moral. La perversión de lo público por
la corrupción de los gobernantes ha minado la adhesión a
la democracia de amplios sectores populares latinoamericanos.
Me parece que los dos grandes desafíos de las organizaciones partidistas
democráticas en América latina son, pues, la formación
y promoción de élites políticas con sentido de Estado;
y la formación y promoción de un liderazgo de alto nivel
técnico con capacidad de respuesta desde los niveles gerenciales
del Estado a la crisis económica que sacude a nuestra región.
La falta de estabilidad política y los problemas de nuestras economías
son fenómenos claramente vinculados. Esos desafíos contribuirán
ha mantener la política en manos de los políticos, como
es natural. La pretensión de los militares en América Latina
de dedicarse a la gestión pública propia de los políticos
no es nueva. Ella ha provocado en nuestra historia desajustes trágicos.
Ha provocado y puede seguir provocando en el futuro graves distorsiones.
Porque el populismo extendido en América Latina en los años
de la guerra fría hizo popular una ideología estatista que
aún susbsiste. El cambio cultural político proclamado por
los políticos democráticos, que pretendían reducir
en términos pragmáticos y realista el papel sobredimensionado
del Estado, ha encontrado fuertes resistencias. Así, en la actualidad,
el neomilitarismo político latinoamericano, con una clara posición
antipartidista y con poca o ninguna convicción democrática,
no representa, desde el punto de vista cultural político, ninguna
novedad. Si los partidos democráticos hasta ahora han fallado en
la generación de nuevas élites, los militares están
produciendo de sus filas dirigentes políticos con una mentalidad
absolutamente atrasada. Ellos son la última expresión de
un populismo y de un estatismo antihistórico. La ruta que proclaman
los voceros de ese neomilitarismo es la ruta de la involución política
y económica de las naciones latinoamericanas.
Un imaginario colectivo en favor del estatismo y del populismo unido
a la emergencia política de sectores militares ha contribuido a
la pérdida de la racionalidad política. Eso llena de temores
y prejuicios la dinámica de la institucionalidad formalmente democrática.
En el caso de Venezuela, p. e., nunca se ha designado, en el último
medio siglo, un Ministro de la Defensa civil (como acontece ya en casi
todo el continente); y en las últimas elecciones presidenciales
el candidato más votado rué un ex oficial golpista que conoce
de blindados (el hoy Presidente Hugo Chávez) y el menos votado
un brillante economista graduado en Yale (Miguel Rodríguez). En
el Perú, Fujimori ha hecho algo que intenta imitarse ahora en Venezuela:
las fuerzas armadas desempeñan el papel de partido de gobierno.
Esas distorsiones, producto de la pérdida de racionalidad política,
conducen a corto plazo a tales vacíos en la organización
política democrática del pueblo, que facilitan una dialéctica
de extremos y la reducción del espacio político del centro
democrático.
A fines de los 70 la meta política de los sectores democráticos
en América Latina era simple: la institucionalización de
la libertad. Nuestros países estaban plagados de dictaduras militares
y de regímenes civiles en los cuales el pluralismo y las libertades
eran asuntos cosméticos. El proceso de democratización de
los 80 supuso no sólo la entrega del poder por la institución
armada, sino el regreso de los ejércitos a sus cuarteles y su sujeción
— legal y real— al poder civil. Ese fue un proceso gradual.
La política democrática no es una política armada.
No se apoya en las armas. La gradualidad de los 80 presenta, en la segunda
mitad de los 90, en el fin del siglo y del milenio, síntomas de
retroceso.
No se trata de postular un simple antimilitarismo. Las organizaciones
políticas democráticas aspiran a la consolidación
de un orden social en el cual las Fuerzas Armadas desempeñen su
función necesaria con estricto apego a los mandatos constitucionales,
bajo la sujeción y el control del poder civil legítimamente
electo por el pueblo. Los caudillismos y mesianismos —civiles o
militares— sólo preparan el caos. Nuestra historia está
llena de pretorianismos que se proclaman a sí mismos salvadores,
cuando no pasan, en su potencialidad de ser dictadores. La democracia
civilista exige, sin duda, en América Latina, una creciente madurez
institucional como cauce del existir republicano. No podemos, sin embargo,
desconocer la realidad. La madurez institucional no se decreta. Requiere
de una élite política que debe ser formada y promovida por
los partidos democráticos y de una tecnocracia con capacidad de
manejo de la crisis económica.
Se debe recordar que s\fin de la historia (Fukuyama), con unlversalizada
e impuesta economía de mercado y economía liberal, dista
mucho de ser realidad operativa a nivel mundial. En verdad sólo
podría predicarse tal hecho, como fenómeno existente, en
líneas generales, en América del Norte y en Europa Occidental.
No en América Latina, hoy. La globalización es una realidad
que, en un escenario de crisis de dimensiones cuasi mundiales, no resulta
con bondades evidentes para la economía y el bienestar de nuestros
pueblos. Por otra parte, América Latina —y sería necio
desconocerlo— no está en condiciones de imponer las reglas
de juego a nivel universal. Puede y debe, sí, fortaleciendo sus
procesos de integración, procurar humanizar la globalización.
Pero nuestras naciones necesitan, repito, tecnocracias capaces que junto
con una nueva élite política generada por los partidos,
permita superar la ideología estatista y populista actualmente
recogida por el neomilitarismo.
La situación de nuestros países frente a la realidad económica
actual es diferente. México, como integrante del TLC, y Chile,
con una de las mejores horas económicas de su historia —ambos
integrantes del Área Asia Pacífico— parecen ser los
únicos países de América Latina que, más allá
de las complicaciones domésticas de toda economía, enfrentan
la globalización sin temores letales. La situación de los
demás no es esa. Basta seguir los análisis de especialistas
para captar como, a nivel internacional, se mete en un mismo saco a todas
las llamadas economías emergentes. Así, la caída
de la bolsa de Moscú repercute en la caída de la bolsa de
Caracas. O las tendencias devalucionistas afectan, por un perverso efecto
en cadena, a las monedas de Brasil, Venezuela, Colombia y Ecuador. La
caja de conversión significó la paridad de la moneda local
con el dólar en la Argentina. Tal solución (de elevado costo
social) no parece, sin más, adoptable por los demás países.
Los valores de la deuda externa de nuestros naciones sufren periódicamente
una baja en su cotización internacional. La globalización
está mostrando, respecto a la mayoría de los Estados de
América Latina, su rostro negativo. Y no parece que las recetas
monetaristas del FMI encierren la verdadera solución.
La Cámara de Representantes de los Estados Unidos negó
en 1998 la autorización para aportes extraordinarios norteamericanos
al FMI para atender la crisis de las economías latinoamericanas.
Las limitaciones que el propio FMI evidencia, después de los auxilios
acordados a Corea del Sur, para atender las urgencias de la crisis de
Rusia y las implicaciones globales que la agudización de ciertos
escenarios tendientes al caos han llevado ya al señalamiento frecuente
de que mundialmente, a pesar de la globalización, estamos frente
a una sacudida de los sistemas financieros de consecuencias impredecibles.
En el caso de Venezuela, por ejemplo, la caída de los precios
petroleros ha generado un gran desbalance fiscal. Lo que acontece a Venezuela
con los precios del petróleo le pasa a Colombia con los precios
del café. Puede señalarse, sin embargo, que la economía
colombiana, más allá de las fluctuaciones de los precios
cafetaleros y de las señales preocupantes de su política
interna (situación virtual de guerra civil; la incidencia distorsionante
del narcotráfico en el orden social, político y económico),
llevaba más de veinte años en crecimiento constante (fenómeno
exactamente inverso al de Venezuela, no plenamente atribuible a los ingresos
provenientes del narcotráfico). En el caso del Brasil, la situación
pareciera ser diferente. La caída de los precios del café
parece afectar en mucho menor medida actualmente a la economía
brasileña. El gigantesco Brasil de 8,5 millones de km2 y casi 200
millones de habitantes, por su impresionante proceso de industrialización
y sus posibilidades de economía de escala, sólo depende
en un 30 % de su PIB de las exportaciones cafetaleras. Brasil ocupa en
la actualidad el puesto n. 10 entre las naciones industrializadas del
mundo. Por eso su importancia para el conjunto de América Latina.
No sólo el MERCO SUR, sino todo el proceso de integración
latinoamericano resultaría una ficción sin la presencia
determinante del Brasil. Luego de las Cumbres Hemisféricas de Miami
y Santiago de Chile, la voluntad política para establecer el año
2005 el Área de Libre Comercio de las Américas parece ser,
más que de otros factores, el resultado del firme compromiso brasileño
con el proceso de integración y con el ALCA. Ya desde inicios de
los 90 Brasil había hecho al resto de América Latina su
principal socio comercial.
México contempla con Zedillo su primer gobierno de democracia
pluralista, abierto, de veras, a la alternabilidad. Si Menem o un amigo
de Menem no sucede a Menem, en la Argentina, lo hará algún
político democrático de la Alianza Opositora (UCR+FREPASO).
No luce problemático para las fuerzas políticas democráticas
la sucesión de Sanguinetti en Uruguay. Es de suponer que en Brasil,
luego del segundo mandato de Cardoso, que ha comenzado con dificultades
económicas, la continuidad democrática esté asegurada.
¿Pasará lo mismo en Colombia y Ecuador, luego de los mandatos
de Pastrana y Mahuad? Podría predecirse que sí. Tan rotunda
respuesta no puede hoy darse en el caso de Venezuela. Chávez resulta
una peligrosa incógnita. Su acceso al poder ha venido acompañado
de un reforzamiento del militarismo. La sucesión de Fujimori también
puede venir acompañada de fórmulas pro militaristas, si
los liderazgos del PPC y el APRA no logran nuevas formas eficaces de organización
política. Banzer en Solivia es la expresión de un dictador
militar convertido en demócrata. Su sucesión abre hondas
interrogantes sobre el liderazgo de recambio. En El Salvador, Guatemala
y Honduras la dialéctica de extremos lleva a consolidar a las fórmulas
de derecha o centro derecha con respaldo claro de las fuerzas armadas.
En el caso de Cuba, el escenario más realista de la transición
posible (aunque quizá no el más deseable) presenta a las
FARC jugando un papel fundamental en el inicio del tiempo post Castro.
Todo lo anterior refuerza, a mi entender, la tesis sencilla que deseo
transmitirles: que los partidos democráticos encuentran como principal
desafío para defender su naturaleza de organizaciones populares
y para contribuir al desarrollo de la institucionalidad democrática
de nuestros países la generación y promoción de élites
políticas y de cuadros tecnocráticos capaces de gerenciar
y superar la crisis de nuestras economías. En este sentido, la
cooperación internacional entre los partidos e instituciones democráticas
es importante.
Si no responden a ese desafío el destino de la democracia latinoamericana
puede ser incierto. Recuerdo la frase de Pittaluga con la que comencé:
Cuando hay partidos sin política termina habiendo política
sin partido. Se requieren partidos con política para evitar el
surgimiento de los viejos fantasmas. .Pareciera estarse operando un nuevo
auge del militarismo en América Latina. Sus expresiones, superado
el esquema de la guerra fría, parecieran asemejarse a intentos
de un fascismo criollo. El nuevo caudillismo luce aliado de un populismo
con soporte castrense, que no oculta su desprecio a la dinámica
y a la institucionalidad propia de las sociedades democráticas.
La mejor forma de derrotarlo es mostrar, con la nueva dinámica
de los partidos renovados la eficacia de la honestidad. Nos aproximamos
a los años que serán para la mayoría de nuestras
patrias los años del bicentenario de la independencia. Buena ocasión
para demostrar que la conciencia ciudadana encuentra en los partidos capaces
de generar nuevas élites políticas y tecnócratas
capaces de vencer la batalla de la crisis económica, su mejor apoyo.
Sólo la honestidad y le eficacia acompañadas de la renovación
auténtica permitirán revertir la tendencia negativa actual.
Tendencia que se expresa, en América Latina, en tensiones sociales
y políticas paralelas al auge de un antipoliticismo y antipartidismo,
con una evidente disminución de la conciencia ciudadana y del sentido
militante de la participación en la vida política.
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