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MI AITA

EL CATIRE: UN EXILIADO DEL PNV

 

En Septiembre de 2003 se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián una película dedicada a Jesús de Galíndez, un vasco desaparecido en la Quinta Avenida en 1.956. El film se basaba en el libro de Manuel Vázquez Montalbán sobre un personaje que le había impresionado sobremanera aquel año en el que estudiaba en la Universidad. Allí le dijeron que a un dirigente del PNV le habían secuestrado en el metro de Nueva York, lo habían transportado narcotizado a Ciudad Trujillo (Santo Domingo), lo había torturado aquel sátrapa del Caribe y al final lo habían arrojado a los tiburones. Su gran delito había sido preparar una tesis de grado en la Universidad de Columbia, de la que era profesor, sobre “La Era de Trujillo”, una radiografía descarnada sobre el funcionamiento de aquella dictadura que posteriormente haría famosa Mario Vargas Llosa en su “Fiesta del Chivo”.

Probablemente Aznar no haya visto la película de Galíndez, ni la verá. Si supiera algo de Galíndez sabría que es un símbolo de libertad en toda América y que su desaparición y muerte fue el principio del fin de la dictadura de Trujillo. Aznar probablemente nunca sabrá que fue del PNV y que su abuelo Manuel Aznar trató que el escándalo de la desaparición del Delegado vasco no salpicara al régimen de Franco. Por todo esto se pudo permitir el lujo de ir el 22 de Setiembre de 2003 a Nueva York a decir que había que tener más interés por los efectos del terrorismo que por sus causas. Por ejemplo. Hay que tener más interés por ETA que por el responsable de su creación: Franco. Y es que nombrar a Franco es recordar que a aquella dictadura oprobiosa su familia le sirvió incondicionalmente así como se sirvió de ella económicamente.

En ese viaje en el que habló Aznar, hablaron también las víctimas del terrorismo de ETA relatando ante la ONU su calvario. Respetable. Pero hicieron algo inadmisible: denunciar la responsabilidad del PNV.

Y la pregunta se imponía. ¿Desde cuando hay que hablar de terrorismo?. Desde 1975, 1968 o 1936. ¿O es que no fue una acción terrorista bombardear Gernika?. ¿O es que se desconoce que todavía viven supervivientes de aquella tragedia?. ¿Por qué no se analiza con serenidad quienes son las Victimas del Terrorismo, pero de todos los terrorismos?. ¿Fue mi padre una víctima del terrorismo?. Veamos.

Y es que Galíndez para mí tenía un perfil singular ya que tras haber sido asistente en el Madrid sitiado en 1936 del ministro del PNV Manuel de Irujo en el gobierno de Largo Caballero, había recalado en su exilio en la República Dominicana en los años de la dictadura de Trujillo. Allí le había conocido mi aita en 1939.



 

 

JUVENTUD VASCA


Mi aita había nacido en Bilbao en el seno de una familia cuyo padre era capitán de la marina mercante, habiendo sido además concejal del PNV en su localidad natal, Mundaka y en el ayuntamiento de Bilbao. Su madre recordaba haber asistido al funeral de Sabino Arana. Doña Aurelia era una señora elegante que, cosa rara en su época, había sido profesora de gimnasia sueca y de francés.

 

Mi aita que era el mayor de los hermanos se quedó en Bilbao con su abuela en la casona familiar “Trauko Zar” detrás del ayuntamiento cuando sus padres se fueron a la Argentina pues un familiar les había dejado en herencia una amplia estancia en la inmensidad de la Pampa. chaval, jugaba al fútbol, estudiaba en la Plaza Nueva de Bilbao y se preparaba para estudiar derecho. Comenzaba a hacer sus pinitos en la “Juventud Vasca” de Bilbao un local nacionalista en el Casco Viejo que era todo un horno político donde se formaban los jóvenes del PNV con conferencias, excursiones, edición de libros, debates, teatro, clases de euskera, ligas deportivas entre Batzokis, aprendizaje de bailes vascos y acciones de todo tipo. Y como mi padre era un tipo simpático y agradable y tenía a todas las chicas detrás de él le hicieron el responsable de las relaciones de “Juventud Vasca” con “Emakume Abertzale Batza”, la organización de Mujeres Nacionalistas que se había formado siguiendo el modelo irlandés. Por eso le llamaban “Emakumo”, mientras no paraba en aquellos años republicanos de meterse en todos los charcos políticos del PNV apoyando a todos los diputados, yendo a los mítines, organizando viajes de formación por toda Euzkadi y sobre todo propagando las ideas del PNV. Curiosamente en esa misma “Juventud Vasca” había oficiado como buen afiliado al PNV nada menos que Don Manuel Aznar, abuelo del ex-Presidente del gobierno, Don José María. Eran los tiempos en los que firmaba en el diario Euzkadi como Imanol y en los años en los que organizaba ciclo de conferencias sabinianas, así como proponía las Selecciones Deportivas Vascas. Cuando tuvo su primer hijo, el padre del presidente del Gobierno, lo llevó a bautizar en la pila bautismal donde habían cristianado a Sabino Arana en la Iglesia San Vicente de Bilbao y como no pudo ponerle el nombre de Imanol ya que la Jerarquía Eclesiástica del momento no lo toleraba le puso el nombre de Manuel (Imanol). Así consta en la fe de bautismo.

LA FEDERACIÓN DE ESCUELAS VASCAS

Durante la primavera de 1931 se llegó a creer que la concesión del bilingüismo escolar para Euzkadi sería un hecho. Por un decreto firmado por el Presidente del Gobierno provisional de la república española, el 29 de mayo, se reconoció a Cataluña la facultad de enseñar en catalán en todas las escuelas e institutos de aquel país. Al mismo tiempo, las autoridades de la República hacían saber que “cuantas regiones solicitaran esta misma facultad, y para el reconocimiento se hallaren capacitadas, obtendrían el mismo derecho.”

A fin de recabar tan importante facultad de la enseñanza vasca, una comisión integrada por representantes de la Sociedad de Estudios Vascos, Academia Vasca, Euskararen Adizkideak, Euzkaltzale Bazkuna y Euzkaltzaleak se trasladaron a Madrid a fines del mes de mayo de 1931 y se entrevistaron con el entonces ministro de Instrucción Pública, don Marcelino Domingo.

Correctamente recibida la comisión de las entidades vascas, ante ella empeñó el ministro de la república su palabra –en cuyos acentos había, por qué negarlo, notas de gran sinceridad- el que para el País Vasco se extendía el mismo decreto sobre el bilingüismo que para Cataluña se concedía. Más, los propósitos no se lograron.

No habiendo sido posible conseguir la autorización necesaria par implantar el bilingüismo en las escuelas primarias de Euzkadi, un núcleo de nacionalistas tomó la iniciativa de crear, primero en Bizkaia y, posteriormente, en el resto de Euzkadi, una entidad docente que tuviera a su cargo la enseñanza del euskera, abandonado totalmente por los poderes del Estado que indebidamente asumía la representación política de Euzkadi peninsular. El 4 de marzo de 1932 bajo el patrocinio de la Juventud Vasca, Emakume-Abertzale-Batza y Euzko-Irakasle-Bazkuna, se constituyó en Bilbao la Federación de Escuelas Vascas, presidida por don Francisco Horn, Concepción Gangoiti de Uriarte, Elías de Gallastegui, Consuelo de Gallastegui, Félix de Zubizarreta, Manuel de Eguileor y don José Vilallonga. En este tinglado, representando a Juventud Vasca, estaba mi aita.

Es de justicia resaltar la obra de cultura que, merced al esfuerzo puesto por estos nacionalistas, pudo llevar cabo, en su corto período de vida, ésta institución de primera enseñanza, que llegó a contar en su seno con un numeroso plantel de maestras graduadas que, a decir verdad, sentían verdadera vocación por su profesión.

La Federación de Escuelas Vascas, con la cooperación de gran número de patriotas de ambos sexos, que prestaron gustosos su concurso personal y económico, en el término de seis meses, nada más, alcanzó a abrir sus anheladas escuelas en Barakaldo, San Salvador del Valle, Ondarreta, Algorta, Sondika, Durango, Elorrio, Bergara, Abando y Bilbao. La rebelión de los ambiciosos y prepotentes militares hispanos en 1936 no permitió recoger los frutos de esta importante obra; por el contrario, las autoridades franquistas, una vez que penetraron por la violencia en Euzkadi, se dedicaron a destruir todo cuanto hallaron en estas escuelas donde se enseñaban los valores en clave vasca. Ante este insólito hecho, hay que recordar que a los guerreros de la antigüedad y a los jefes de las tribus –como lo refirió otrora el inolvidable Aristimuño- que capitaneaban pueblos recios y audaces, no se les ocultaba que para rendir totalmente un pueblo, una nación, era forzoso proscribir la lengua de los vencidos. ¡Desmontado el poderío del que se asiente sobre pueblos que piensen y hablen idiomas que el tirano no entiende! La distancia entre el sojuzgado y el vencedor en ese caso, será harto más notable que la que con su huída pudiera establecer el pueblo oprimido. La incultura y rudeza de las costumbres primitivas no reconocían el escrúpulo –a semejanza de Franco- de borrar, or cualquier medio, el idioma de los pueblos dominados. Es la historia quien así lo atestigua.

El caso es que a mi padre, como a toda aquella juventud, les explotó la guerra encima sin comerlo, ni beberlo y aquello les rompió la vida. El PNV inmediatamente se puso de lado de la legalidad republicana y cuando se formó el primer gobierno vasco, tras ser aprobado el estatuto de autonomía en el Congreso, comenzó en plena guerra a montar toda una administración desde la nada y desde la dificultad de unas condiciones adversas. Era Octubre de 1936.

En la sede de la Sociedad “La Bilbaína” se instaló el Departamento de Gobernación dirigido por Telesforo de Monzón y a mi aita le encargaron el negociado de Identificación y Pasaportes. Aquel gobierno pues tuvo su primera identificación con unos pasaportes a los que se les llamó los Igarobides. Eran verdes, con el escudo de Euzkadi y decían que servían para todos los países del mundo. Pero mi padre no estaba demasiado satisfecho de estar realizando una labor burocrática cuando sus compañeros estaban en el frente y pidió alistarse en uno de los 26 batallones que el PNV había formado para engrosar un Ejército que les defendiera ante aquella guerra de agresión y que tenía al nacionalismo vasco como uno de sus principales objetivos.

ASESINATO EN EL TÚNEL

Es difícil reconstruir la vida de una persona fallecida en 1965 sin contar con sus testimonios o con los testimonios de gentes que le conocieron. Y, también, de estos quedan pocos. Sin embargo, de vez en cuando surge un recuerdo o un dato como el de Juan M. Arroitajauregui, vecino del barrio de Matiko donde se encontraba el caserío familiar “Trauko Zar”. Este socio de la Abao se me acercó en una de las cenas de apertura de la temporada contándome una vivencia de mi aita que le había narrado su madre y que luego escribió en un pequeñito libro para uso de sus familiares. Decía así: “cuando los combatientes ya estaban luchando en Artxanda, la gente fue al refugio que se había habilitado en el interior del túnel del ferrocarril que iba hasta las Calzadas de Mallona. Entre ellos, al parecer iban dos hombres jóvenes encontrándose con milicianos que también habían ido allí para refugiarse. Al verles comenzaron a decirles que eran dos fascistas y que estaban allí para pasarse al enemigo por Artxanda. Ante eso y allí mismo, delante de mi madre y otra mucha gente allí agolpada, le pegaron varios tiros a uno de ellos. Imaginaros que escena más terrible y más salvaje. En ese momento aparecieron por allí dos jóvenes que eran del barrio. El teniente Emilio Barroeta y José Luís de Anasagasti que intervinieron rápidamente y les dijeron a los milicianos que el otro se lo dejaran a ellos ya que los dos se encargarían de “darle pasaporte” para no hacerlo delante de la gente. No con facilidad, pues los ánimos estaban muy alterados lograron llevárselo y fuera de allí lo dejaron libre y le salvaron la vida de verdadero milagro”. Importante vivencia que muestra la jerarquía de valores de los jóvenes del PNV de la época.

Y como aquel ejército improvisado tuvo que mantener el buen ánimo de aquellas tropas improvisadas crearon, a imagen y semejanza del republicano, los Comisarios de Guerra en cada batallón. De esta forma Jose Luis Anasagasti fue Comisario Político del Batallón Larrazabal que fue mandado por los comandantes Eduardo Landarte, Carlos Aguirrebeitia y Santiago Uriarte y cuya zona de actuación fue la del monte Gorbea. De natural optimista, sus hermanas me contaron que un mes antes de la caída de Bilbao se presentó en casa diciendo que pronto enviarían aviones y que la guerra se ganaba. Sin embargo, un día antes de la entrada de los franquistas en Bilbao, de noche y como en las películas, apareció para destruir y hundir en el pozo séptico toda aquella propaganda nacionalista ante la inminencia de la caída de la Villa. Parece ser que lo que mas le dolió fue desprenderse de una brillante ametralladora que le había regalado el último gobernador civil de Bizkaia, Juan Echeverria Novoa.

Bilbao cayó el 19 de Junio de 1937 e inmediatamente Jose Maria de Areilza fue nombrado a dedo alcalde la Villa. La victoria, como decía en sus discursos aquel representante del fascismo totalitario, había sido militar, sin contemplaciones, a sangre y fuego y él y toda su familia tuvieron que salir de su casa y refugiarse. Les cercaron en Bilbao y al no poder regresar al frente salieron cuando entraron los sublevados escapando gracias a una motora que salió de Cierbana. Al día siguiente, en francés, apareció la siguiente noticia: “La embarcación española Sagrada-Familia, transportando una cuarentena de milicianos con sus armas, llegó al puerto de Bayona, procedente de Bilbao. Los milicianos fueron desembarcados, y después de su desembarco albergados bajo los cuidados de la municipalidad, antes de dirigirse a Bourges donde fueron retenidos Recuerdo que mi aita me contó que cuando llegaron con sus uniformes de gudaris les dijeron que se quitaran o la camisa o los pantalones pero que los dos juntos que es el uniforme no podían tenerlo. Tras estas mil peripecias estando ya en Bayona y allí junto a otros jóvenes del PNV, entre ellos Jose Maria Benegas, padre de Txiki, se refugiaron en el monasterio benedictino de Belloc. Su familia se refugió en Catalunya en el pueblo gironés de Centelles.

LA ABADÍA DE BELLOC

Tras la entrada de las tropas de Franco y el manifiesto de despedida del Lehendakari conocido como el de Trucíos, el Gobierno Vasco llegó a Santander donde vivió penalidades sin cuento. Era un gobierno derrotado, sin territorio, sin medios y asediado. Pero no fue un Gobierno en desbandada. Organizó civilizadamente la evacuación, se trasladó a Catanlunya, organizó albergues en Francia, creó el Grupo coral Eresoinka, el grupo de baile “Elai Alai” y organizó una Selección Vasca de Fútbol para decirle al mundo que habían sido momentáneamente vencidos pero que la lucha continuaba porque en un puntito del mapa había un pueblo perseguido al que habían declarado traidor, le habían quitado sus Conciertos Económicos y su autonomía, mientras se perseguía su lengua y se fusilaba a sus jóvenes o se les condenaba a vivir refugiados o en el exilio sin poder saber porque serían encarcelados o fusilados. De ahí que mi aita apareciera, sin comerlo ni beberlo en la Abadía de Belloc.

Recuerdo como me habló un día como había estado refugiado en la Abadía Benedictina de Belloc con un grupo de jóvenes gudaris y las bromas que se les hacían a los nuevos. A uno de ellos le dijeron que fuera al comedor y que se tumbara cuan largo era ante los frailes, postrado de hinojos hasta que le dieran permiso para ponerse en pie. Alí, entre otros, estaba el joven abogado José María Benegas, padre, más tarde de Txiki que nació en Venezuela tras casarse en Caracas con Doris Hadad.

El abad mitrado de Lazkao, aita Mauro Elizondo, escribió sobre ésta abadía y de cómo abrió sus puertas a los refugiados. Decía así:

“Estalló la guerra civil española en 1936. Siguiendo la postura adoptada por la jerarquía eclesiástica española, los monjes de Belloc estuvieron a favor de los militares sublevados contra la república, como lo estuvieron los católicos franceses en general y el clero galo en su casi totalidad. Hubo solamente un padre –que ni siquiera era vasco- simpatizante de la revista “Sept” quien puso en tela de juicio la legitimidad de la rebelión militar contra un Gobierno elegido por el pueblo. Y por lo mismo, era el único que exculpaba a los vascos del llamado “contubernio” vasco-comunista.

Ahora bien, a pesar de la actitud de la comunidad, totalmente favorable a los franquistas los primeros años, la abadía de Belloc recogió a muchos refugiados vascos. Algunos estuvieron allí dos y tres años. Recibidos con recelo en un principio, aunque siempre con caridad, estos refugiados se ganaron pronto la simpatía de los monjes por su conducta intachable y por su religiosidad acendrada. Recuerdo todavía lo que me dijo un padre anciano: “están equivocados en su postura a favor de los rojos, pero hay que reconocer que son auténticos católicos, mucho mejores que los católicos de nuestra región”.

Y un joven gudari, que pudo llegar a Belloc después de la caída de Bilbao, me comentaba: “aquí hemos encontrado la verdadera caridad cristiana. No aprueban nuestra opción en la guerra, pero nos acogen por caridad”.

Durante la ocupación alemana, la resistencia francesa orientó hacia Belloc a muchos jóvenes franceses que, huyendo de los trabajos “forzosos” en Alemania, pretendían pasar la frontera e incorporarse a las fuerzas del general De Gaulle en África.

Denunciados por ello, fueron detenidos el abad, el prior y el subprior de la comunidad. El p. subprior logró bandearse y eludir las acusaciones, pero el abad y el prior fueron a parar al campo de concentración de Dachau hasta la terminación de la guerra. La abadía recibió la condecoración de la Legión de Honor por Ayuda a la Resistencia francesa.

Terminada la guerra civil española el 1 de abril de 1939 la presión de los refugiados vascos en Iparralde era cada vez mayor mientras aquellos jóvenes imposibilitados de poder volver a sus casas veían con preocupación como salían de una guerra para meterse en otra que iba a ser peor La guerra mundial. Sin embargo eran jóvenes e iban a las romerías de Iparralde. En una de ellas celebrada en el día de San Ignacio de 1939 en San Juan de Luz conoció a una joven de Motriko llamada Itziar Olabeaga de la que hablo en el capítulo anterior y que vivía allí, también refugiada con sus padres. Sin embargo como la presión bélica crecía pensaron en salir hacia América. ¿Quién les hubiera dicho a aquellos jóvenes que no iban a volver a su Bilbao natal sino veinte años después?. Y mientras eso ocurría, un grupo de intelectuales demócratas y antifranquistas encabezados por Simón Gonzalo Salas solicitaba la llegada de vascos a Venezuela. De ésta forma se iniciaron negociaciones con el Gobierno Vasco exiliado ya en París.


RUMBO A AMERICA

A pesar de que todos ellos tenían trabajo en Francia, dado el pesimismo que se formó ante la inminencia de una guerra europea, optaron por buscar una salida en América. Tres países fueron los que se ofrecieron, Venezuela se abrió sin impedimento alguno para los vascos. México a todos los republicanos, y Argentina a todos, destacando el decreto del Presidente Ortiz Lizardi para los vascos.

Venezuela no exigía nada pero no había ruta hacia allí y tomaron una que iba a la República Dominicana ya que el dictador Trujillo había montado un negocio con unas visas que todo el mundo tenía que pagar.

Sería el 14 de Julio de 1939 cuando un viejo barco de carga, “El Cuba”, atracaba en los muelles de La Guaira, con un centenar y medio de pasajeros, apiñados en la borda, pendientes de la operación y del permiso para desembarcar. Habían sido penosos días de travesía, con una incertidumbre que difícilmente trataban de ocultar con sus cantos, irrintzis y añoranzas.

Eran los primeros exiliados vascos que llegaban a Venezuela. Después, justamente al mes, otro carguero con gran número de años sobre el mar, “El Flandes”, desembarcaba con otros doscientos vascos más y el “Bretagne” con un grupo de setenta y cinco.

Este escaso medio millar de personas fueron atendidos y acomodados en primera instancia hasta que se comenzaron a formar las clásicas “repúblicas”, viviendo en grupos familiares y abriéndose un camino pesado, pero lleno de la mayor esperanza y con la tranquilidad que suponía encontrarse en otro continente, lejos de los campos de tragedia que se habían formado en la vieja Europa, primero en Euzkadi y más tarde en todo el Continente, en una guerra mundial que daba sus primeros pasos.

En esta situación y ante los atisbos de una nueva guerra en Europa, el Gobierno Vasco en Baiona organiza su Departamento de Gobernación donde expide como carta de Identidad el Igarobide, su pasaporte. El de mi aita tiene el número 875. Color verde, con el escudo completo, en euskera, francés, inglés y castellano, aquel Gobierno identifica a los suyos.Y con este pasaporte mi aita entró en Venezuela en 1939. En sus páginas están los distintos sellos que reconocieron aquel documento que guardó toda su vida como oro en paño. De él pasó al pasaporte venezolano, no teniendo nunca pasaporte español.

Salieron de Burdeos el 1 de Diciembre de 1939 a bordo del trasatlántico francés “La Salle” formando un convoy con otro trasatlántico que se dirigía a Buenos Aires. Estaban asustados porque al barco anterior, “El Bastogne”, lo había hundido un submarino alemán. El “La Salle” hacía el viaje hasta Casablanca, junto a otro barco que iba al Senegal, escoltado por dos destructores a los lados durante el día y en fila de noche.

Estuvieron un mes para partir y aun así hicieron conatos de salida. Salían a la bocana y volvían a entrar en puerto. El barco estaba acondicionado como transporte de tropa. Las bodegas habían sido transformadas en grandes dormitorios y, a pesar de tener billete de tercera, tuvieron que acomodar unas colchonetas en los pasillos de circulación hacia los camarotes porque unos comunistas les habían quitado el puesto.

Ya instalados, los vascos se fueron agrupando y finalmente salieron el 21 de diciembre de 1939, después de haber obtenido la visa para Santo Domingo. Es preciso recordar que la guerra había ya empezado el 1 de setiembre. Salieron con el Igarobide, pasaporte del Gobierno Vasco, a pesar de que podían haber obtenido el pasaporte español. El billete y la visa se lo costearon de su bolsillo.

En aquella inmensa bañera y en esas terribles circunstancias llegaron a Casablanca, en la costa africana y antes de que se hiciera famosa con la película de Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. No les fue permitido desembarcar y permanecieron allí también el día 8 de diciembre, día de la Inmaculada. Aquello produjo numerosos comentarios de unos comunistas que eran de armas tomar. Vieron los fosfatos en el muelle. Salieron de allí tardando 22 días en llegar a Santo Domingo, al que el dictador había bautizado como Ciudad Trujillo. En el mar de los Sargazos vieron peces voladores. No fueron atacados durante la travesía, haciendo escala en Saint Thomas, en las Islas Vírgenes. Durante la travesía, el txistulari de Oyartzun Jon Oñatibia, al que Garate llamaba Toscanini, no paraba de tocar el txistu y organizar coros montando festivales y relacionándose con todo el mundo.

 

 

16 VASCOS, 16 PROSTITUTAS Y 16 VACAS

Y por fin llegaron, como Colón, a América. Había terminado la primera fase del viaje, metiéndose de lleno en una dictadura sangrienta como la de aquel “Benemérito” Trujillo, un dictador de opereta, muy sanguinario, que en 1956 secuestró y asesinó a Galindez, y que se hacía llamar “Padre de la Patria”.

 

En Santo Domingo (Ciudad Trujillo) les recibió Jesús de Galíndez, que además daba una conferencia en el Ateneo de la ciudad, y allí se fueron todos. No quedaron satisfechos con la misma pues ellos huían de una guerra y Galíndez pronunció una charla lírica, hablando de los verdes valles y los paisajes vascos.

En Ciudad Trujillo veían a los presos con el traje a rayas por la calle. Un vasco de apellido Lezo y el hermano de Don Manuel Irujo, llamado Eusebio, les dieron cinco dólares a cada uno de ellos. Contentos se compraron unas vistosas camisas que parecían de seda, pero que al lavar desteñían y se encogían. Se alojaron en pensiones.

De Ciudad Trujillo salieron para una isla de las Antillas Holandesas denominada Curazao. Allí iban 16 vascos, 16 vacas y 16 prostitutas. Trujillo había organizado un negocio con las pobres mujeres. Las llevabas en el barco a Aruba y Curazao, esclavas obligadas por las compañías de refinamiento de petróleo, y las recogía en el barco de vuelta. Todo esto les causó una desagradable impresión pues sentían una gran lástima por aquellas mujeres obligadas por necesidad e incultura a cumplir con aquel degradante oficio. Juan Martín Alegría me contó la anécdota de que una de aquellas pobres chicas de nombre Blanca Rosa se encaprichó con mi aita, habida cuenta de que éste era rubio tirando a pelirrojo y a toda costa decía que quería tener un hijo con él, ante el inmenso apuro de mi aita que tuvo que emplear mil recursos y excusas para salir vivo de aquel asedio.

En Curazao consiguieron que un barco noruego les llevara al puerto de Caracas, La Guaira. Se llamaba “Ramoe”, y las condiciones del viaje fueron que lo harían en cubierta y sin derecho a comida.

Previendo el apetito, uno de los vascos compró un hermoso ramo de plátanos de los grandes, sin saber que eran de freír y no para comer; cuando les entró el hambre, fueron a por ellos. Eran incomestibles. De esta manera práctica apreciaron la diferencia entre un cambur y un plátano.

En el puerto de La Guaira les esperaba Juanito Olazábal en representación del Gobierno Vasco. Llegaban en un barco de carga, sin apenas dinero, pero llenos de juventud y grandes deseos de trabajar, abrirse camino y volver pronto a Euzkadi . Afortunadamente, el Instituto de Inmigración venezolano se hizo cargo de ellos los primeros quince días de estancia en una pensión llamada Colón, donde las cucarachas volaban . Después pasaron a un hotelito. Allí vieron por primera vez la mantequilla amarilla y cómo las negras fumaban con el cigarro al revés.

HICIERON DE TODO

Aquellos exiliados en Venezuela tuvieron que rehacer su vida haciendo de todo. Crearon una república y, como consecuencia, un gobierno con diferentes ministerios. El Ministro de Colonias, vendía colonia. El de Interior, ropa interior. Y así todo. A la noche hacían caja y pagaban sus pensiones y su manutención. Pero como la mayoría eran profesionales, poco a poco se fueron colocando aunque siempre tenían puesta la vista en el regreso. En Navidades, a casa. Pero pasó una, otra, otra y otra y aquello no tenía pinta de arreglarse, porque derrotado Hitler el enemigo comenzaba a ser Stalin, y Franco garantizaba a los aliados la seguridad de una dictadura predecible aunque en el altar de los principios fueran sacrificadas todas las banderas por las que aquellos vascos habían luchado y suspirado.

CARTA DESDE HACIENDA

Tuvo que trabajar como administrador en una hacienda inmensa de un vasco terrateniente en el estado de Yaracuy, en el interior de Venezuela. En enero de 1943 le escribía a su tía la Argentina lo siguiente:

“Os deseo un feliz y próspero año de 1943 y que sea para nosotros el último del destierro para poder retornar a nuestra querida Patria, cosa que no será difícil por el ritmo actual de los acontecimientos.

Ayer después de bastante tiempo recibí a través de un marino del barco Cabo de Hornos, una carta extensa de mi ama y hermanas en la que me daban noticias desde Bilbao de todo y me detallaban el casamiento de mi hermana Carmen. En la boda estuvieron dos hermanas tuyas así como tu hermano el P. Buenaventura quien se desplazó desde Sevilla para bendecir la unión. Está hecho un completo antifranquista y desea que todo termine con el triunfo de las democracias. Me dicen que el alimento es lo más difícil de conseguir, sobre todo en las grandes poblaciones y si se logra algo distinto es a precios fabulosos. Yo he pensado y he tratado de enviarles algo pero me está siendo muy difícil hacerlo ya que los marinos que tocan puertos venezolanos solo piensan –cosa natural- en sus familias y como solo les permiten cinco kilos no quieren tomar encargos de nadie. Solo en una ocasión recibieron un lote de café que les envié, habiéndose perdido lo enviado en otras expediciones.

Por aquí, ni fu, ni fa, aunque viviendo con la ilusión de volver pronto a casa. Sigo en la Hacienda Lizarraga y con un trabajo espantoso pues estamos en plena cosecha de café y algodón y no descansamos un solo instante, lo que nos permite no tener tiempo para pensar y hacer más llevadero este tipo de vida tan rara y así poder superar éste camino de espinas. Las fiestas de Navidad y Año Nuevo las pasé con mi primo Pedro de Loyola, bermeano, y con su esposa Margarita Caminos. Por estos primos logré hacer llegar mis dos cartas últimas para mi familia y para ti a vuelta de correo ya que ellos viven en Puerto Cabello.

De todas maneras nosotros somos dichosos si nos comparamos con nuestros pobres hermanos de infortunio, mutilados, encarcelados y sin trabajo. Estamos recolectando aquí una enorme cantidad de dinero para estos pobres vascos perseguidos y con grandes necesidades pues nuestro presidente Aguirre así lo ha ordenado y parece ser que se ha tomado con muchísimo interés ésta recaudación. No debemos ser egoístas y debemos pensar en los que están mucho peor que nosotros. Hasta ahora poco o nada hemos podido hacer nadie en favor de nuestros hermanos pues llegamos a Venezuela con el cielo arriba y la tierra abajo y ahora que empezamos a acomodarnos hay que ayudar a los nuestros”.

La carta es ilustrativa de aquel inicio del año 1943. Fé en la próxima vuelta y solidaridad con la causa y los vascos perseguidos con un Lehendakari Aguirre liderando a los vascos en el exterior.

Y así fue pasando de administrador de la Hacienda Lizarraga que había que recorrer a caballo a constructor de puentes y carreteras, siempre con el pasaje listo para volver a su Bilbao. Pero cuando aquella vuelta se fue viendo imposible y el regreso no era factible por culpa de aquel régimen que les perseguía, fundaron una compañía constructora y se fueron al Oriente Venezolano. A Cumaná.

CUMANÁ

Es la capital del estado de Sucre, en el Oriente venezolano. Allí llegó José Luís como socio y administrador de una compañía de construcción formada por vascos : Olaizola, Ruiz de Aguirre, Okiñena y Oñatibia que junto con él tenían el encargo de hacer un grupo escolar. Esa fue la razón por la que yo nací en esta población junto al resto de mis hermanos Maitena, Jon y Koldo.
No es extraño ver todavía casa y chalés con formas de caserío vasco en pleno trópico y al borde del mar Caribe. La explicación está en ésta compañía de construcción.

Cumaná se llama así porque allí existió una tribu de indios llamados Cumanagotos aunque Colón en su tercer viaje (1.498) que era la primera vez en que pisaba tierra firme en continente americano la llamó Nueva Cádiz.

En Cumaná nació Antonio José de Sucre el general ayudante de Simón Bolívar al que llamaron el “Abel de América”. Era su lugarteniente preferido y lo asesinaron después de triunfales batallas, entre ellas la de Ayacucho.

También en Cumaná nació Andrés Eloy Blanco, un poeta, autor entre otros de los versos famosos de los “angelitos negros” que Machín elevó a canción. Andrés Eloy que fue presidente del Congreso venezolano y murió en el exilio ganó premios en España. Una de sus poesías la dedicó a Mariana Larrabeiti. Un poema por su trabajo con los hijos de los presos que se encontraban en la siniestra prisión de La Rotunda en tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez que había durado en Venezuela hasta 1936. Decía así:

MARIANA LARRABEITI

Mariana Larrabeiti
mujer de Vizcaya, tierra de Bolívar.
Los vascos le sacan el hierro a la tierra
y se hacen con hierro, hombres,
como se hace un martillo;
nobles apellidos, fuertes como hombres.

El hierro vasco está en todo;
el Nervión lo lleva en el agua oscura,
Bilbao lo levanta en las grúas,
a lo largo de la ría
y clava su duro astil en Portugalete
y lo hace flexible en el acero
del campesino y del minero,
del músculo redondo de Uzkudun
y del torso ancho del marinero.
Bilbao es un escudo
que tiene atrás un guerrero.

Mariana Larrabeiti,
en mi tierra hubo dos vascos:
uno, Lope de Aguirre, la tempestad,
el galernazo del Golfo de Bizcaya,
y el otro, Simón Bolívar.
La alta montaña cántabra
donde se desbaratan todas las olas
la perenne montaña, con su mina de
hierro
de donde vamos sacando el hierro del
ejemplo
para la espada mejor que esgrimiremos,
la perenne montaña, con su mina de
oro
de donde vamos sacando el oro de la piedad
para la hermosa hora en que perdonaremos.

Y ahora, Mariana Larrabeiti.
En mi tierra hay muchos vascos;
ya los viste en las calles;
y viste en sus cabezas
aquella cosa azul, tan vasca,
aquella cosa redonda y azul
como un cielo pequeño
sobre la cabeza de la juventud.

Los has visto y no los olvides,
que ellos son el encanto de mi tierra
y recuerdan la tuya, y tienen de la tuya
el breve cielo azul en la cabeza terca.

Mariana Larrabeiti,
eres hermosa, como las tardes de Begoña
así, alta como ellas, y sobre todo, serena,
y flexible como el acero vasco
y estás aquí, con nosotros,
en las mejores de las horas.
Caiga tu dulce piedad sobre esos niños nuestros
como una arenga sobre las cabezas soñadoras;
caiga tu dulce piedad sobre esos niños nuestros;
ríeles lo mejor que ríes llórales lo mejor que lloras.

ANDRÉS ELOY BLANCO

También en Cumaná, puerto pesquero se asentaron los vascos tratando de explotar esta actividad que conocían bien de hacerlo en el Golfo de Bizkaia aunque el Caribe, con sus aguas cálidas y mansas, donde las langostas se devolvían al mar porque “eran bichos feos”, no les fue tan bien aunque lograron formar una pequeña colectividad que con el tiempo devino en un Centro Vasco con frontón.



LA VUELTA

Ya hemos descrito el viaje de vuelta en el Marqués de Comillas y sus aventuras. El caso es que desde Venezuela y a través del consulado en Bilbao logró mi padre que no estudiara aquella innoble materia de “Formación del Espíritu Nacional”. Cuando entraba el profesor yo salía de la clase con gran curiosidad de mis compañeros de aula que pensaban que yo era un tipo muy especial. Lo mismo me ocurrió con el nombre. Bautizado como Iñaki, nada más llegar me lo cambiaron a Ignacio. No eran admisibles nombres en vasco. Mi padre contestó alegando que había nacido en Venezuela y estaba registrado con tal nombre y terminaron por aceptarme como Iñaki. Aquel nacionalista desde Venezuela había logrado dos pequeños milagros: que no estudiara aquella dogmática doctrina franquista y que me preservaran el nombre. Casi nada.

Recuerdo en aquellos años a Txiki Benegas. Vivía en la Villa San Bernardo de Ayete y le solía ver cuando bajaba la cuesta de Aldapeta camino de los jesuitas. Como he dicho, mi aita le conocía al suyo del refugio de la abadía de Belloc y de Venezuela. Siempre le suelo recordar aquellos juegos malabares que nos hacía con una caja de magia que tenía. En una ocasión nos pidió a los críos que celebrábamos el cumpleaños de su hermana que tumbáramos un ladrillo soplando. Lo hicimos pero aquello era inamovible. Nos rendimos. Puso una bolsa de papel debajo, sopló la bolsa y tiró el ladrillo. “Tu siempre con trampas” le suelo decir recordando como nos había engañado de críos. Su padre había sido del PNV y había actuado como abogado de los nacionalistas procesados en la república.

Con el tiempo mi padre veintitrés años después pudo volver a Bilbao. Se encontró una sociedad triste y atemorizada. Nadie quería hablar de la dura experiencia de la guerra y posguerra y muy pocos del nacionalismo vasco. Comenzaba a calentarse la lava del volcán que daría lugar en 1960 a ETA como respuesta a tanta violencia institucional y a tan continua vulneración de los derechos humanos. La ETA de hoy no puede entenderse sin éste componente, el reconocimiento internacional al régimen de Franco por parte de los llamados aliados y el Vaticano y sin estudiar la terrible angustia que vivieron aquellos desterrados en su propia tierra, aquellas víctimas de un terrorismo tan espantoso y tan continuo.

Falleció el 16 de diciembre de 1965 en Caracas. Un infarto acabó con sus días. Yo estudiaba en el colegio de los Hermanos de La Salle, Santiago Apóstol de Bilbao y aquella noticia me golpeó de forma terrible. Al poco tuve que ir a Venezuela con el fin de ayudarle a mi madre a hacerse cargo de sus negocios e inversiones.

Al cerrar la casa de Bilbao me encontré con un baúl lleno de libros del PNV salvados de la quema del 37. Hojeando aquel material descubrí un mundo inédito que aquella cerrada educación nos lo había negado. Ese fue el primer impacto que recibí de que en el pasado habían ocurrido muchas cosas que estaban ocultas y de las que nadie quería hablar. Muy pronto iba a descubrirlas con toda su fuerza en Venezuela, en aquel año 1966 en el que llegué a La Guaira tras el vacío inmenso de la pérdida de mi padre que murió sin atisbar, ni de lejos, lo que iba a volver a suceder en su Euzkadi una vez fallecido el dictador.

Sin lugar a dudas, el “catire”, como le llamaban en aquel trópico por ser muy blanco y rubio, jamás pensó que iba a ser toda su vida una “Víctima del Terrorismo” franquista por defender tan solo el planteamiento democrático de un partido nacionalista no violento.