Por este motivo
vamos a contar la historia de una pareja. Una de las muchas a las que
les tocó vivir aquella odisea no sabiendo ni donde estaba Venezuela
cuando, justo, justo habían salido de su casa.
Itziar, era la mayor de 5 hermanos. Su aita (padre) era Director del
Banco Gipuzcoano de Zarautz. Lo había sido en Deba y en Zumaia.
Iba ascendiendo. Su madre, se ocupaba de la casa, la familia, y acudía
a la Iglesia. Devota de la Virgen del Carmen, nos la podemos imaginar
en misas, procesiones y via crucis.
Era una familia nacionalista euskaldun. El hermano mayor, Joseba, activista
del PNV, de los que escribía y organizaba cosas. Los demás,
lo clásico: el batzoki, los bailes vascos, el "Aberri Eguna",
las excursiones.
Un mal día estalló la guerra. Era el 18 de julio de 1936.
A UN CASERÍO EN AIZARNAZABAL
La sublevación militar estalló el 18 de julio de 1936.
En Gipuzkoa la batalla de Irún fue sangrienta. En Donosti la sublevación
del Cuartel de Loyola se pudo conjurar, pero, al poco, entraron, a sangre
y fuego, las tropas sublevadas. Moros, requetés, falangistas, militares.
Era una falsa cruzada sedienta de sangre. Había que acabar con
el rojo-separatismo. En Zarautz entraron el 20 de setiembre. Allí
veraneaba, lo mismo que en Donosti y Hondarribi, la aristocracia madrileña.
Zarautz no era una población cualquiera. Con el tiempo, y en pleno
franquismo, al director del Colegio La Salle San José de esta localidad
lo trasladaron por enseñar euskera en dicho colegio. Era el Hermano
Ignacio, Txotx", hermano de quien fuera el director del Banco Gipuzkoano,
mi aitona (abuelo) Patxi.
Begoña era la menor de los hermanos. Iñaki, el cuarto.
Este les dijo que había estallado la guerra. La pequeña
preguntó: "eso ¿qué es?". Pronto lo sabría.
Iñaki recogió libros y papeles comprometedores y se fue
a Motriko donde cogió una pequeña embarcación y,
como otros tantos, se fue por mar a Donibane Lohitzun (San Juan de Luz).
El otro hermano, Joseba, activista nacionalista, ante el avance de los
sublevados, en primer lugar, se fue a Itziar (Deva) y luego a Bilbao.
Cuando vieron las cosas mal, decidieron ir a un caserío de Aizarnazabal.
Itziar volvió con su padre a Zarautz para hacerle la maleta. Las
autoridades vascas lo llamaban a Bilbao y allí se fue con dos coches
de custodia.
Volvieron al caserío. Vieron como llegaban las tropas sublevadas.
Las mujeres estaban asustadas. La madre les dijo que no salieran de casa.
Venían contra los nacionalistas y decidieron cambiarse los nombres
para no sembrar sospecha. Tenían las tres nombres de vírgenes
vascas: Itziar, Arantzazu, Begoña. A Itziar le pusieron Isabel.
Hasta ahí había que llegar para salvar el pellejo. Aquello
iba en serio.
Llegaron los soldados. Se bañaron en el río. Querían
cenar. Les prepararon la cena. Uno de ellos pidió rezar el rosario.
Iban cargados de medallas y cruces. Itziar tenía su propio rosario.
Un requeté, se fijó en él. Se lo pidió a cambio
de una cruz que había hecho con dos ramitas. Se llamaba José
Luis Larumbe y era de Pamplona.
Al día siguiente fueron a la misa de campaña. Misa de exaltación
de la victoria.
Alguien vino a avisarles que saqueaban su casa. El requeté reflexionó:
"no se que pasa pero allí donde vamos solo llevamos destrucción,
el odio mientras ejercemos la venganza".
Larumbe les consiguió un vehículo para volver a Zarautz.
Con el padre y los dos hermanos huidos, las tres mujeres tuvieron que
comparecer ante un arbitrario juzgado que les reclamaba el porqué
se habían llevado al caserío ropa blanca. Decían
que la habían robado. "¿Cómo la vamos a robar
si es nuestra?. ¿No ve usted las iniciales?".
Habían dejado, para mayor seguridad, ropa y algunas cosas en el
caserío, pero las miserias de una situación tan brutal hizo
que los del caserío les denunciaran y se llevaran todo.
Larumbe les dijo preocupado. "Os tengo que dejar, pero me da la
impresión que vais a sufrir mucho. Nosotros tenemos que llegar
a Bilbao"-. Y allí les dejó a las asustadas mujeres.
Solas ante el peligro.
Les dijeron que iban a organizar en Zarautz una misa de campaña
y que, como vivían en la plaza del Ayuntamiento, tenían
que poner en el balcón la colgadura con la bandera española.
De prisa y corriendo compraron tela y confeccionaron lo que se conocía
coloquialmente como el "piper-poto". Ellas sólo habían
tenido en casa la ikurriña, pero los vencedores, la habían
proscrito.
EL PELO AL CERO
A la madre de Itziar la detuvieron. Su delito era el ser la esposa de
un nacionalista que había obedecido al Gobierno Vasco así
como que era madre de un activista nacionalista. La recluyeron en el Convento
de Santa Clara, habilitado como cárcel, junto a otras nueve mujeres.
A la hermana pequeña le llevaron a casa de la familia Yeregui y
ella estaba en casa con su hermana Arantza a quien le habían obligado
a lavar, planchar y limpiar, en la casa de los falangistas haciendo de
interina.
Por las noches subían al tercer piso a dormir en casa de Nicolás
Ugarte, padre del pintor Julián Ugarte. A la pequeña Begoña
le llevaron a la mencionada casa de la familia Yeregui porque iba a las
escuelas públicas que estaba cerca de su casa ya que habían
cerrado la otra, a la que la niña acudía, por ser de monjas.
Las hermanas iban a llevarle la comida a su encarcelada madre que estaba
en el convento, dándose la circunstancia de que se quedó
sola ya que, las mujeres nacionalistas encarceladas, fueron poco a poco
siendo liberadas.
A Itziar le obligaron a coser camisas para los sublevados. Cada vez que
éstos entraban en un pueblo, con espíritu de conquista,
organizaban fiestas en la plaza de la localidad. Todo esto lo vivían
sin noticias de su padre y sus hermanos y en total indefensión
.
Sin embargo Itziar, mi madre, no pensaba que los llamados liberadores
se ensañaran con ellos como al final lo hicieron y, por eso con
sus amigas, Yeregui, Lide Arostegui, Areizaga decidieron salir. Total,
si algo les iba a ocurrir, les ocurriría lo mismo en casa que en
la calle. Y se fueron a la calle Mayor.
Fue a la peluquería y allí le recriminaron que fuera nacionalista,
achacándole que su padre y hermanos estaban fuera. Aquello no tenía
buena pinta.
Pasando frente a un bar, donde estaban los falangistas, le dijeron que
le buscaban a ella.
Le ordenaron subiera al primer piso. "Siéntate ahí".
Le hicieron un interrogatorio. "¿Dónde está
tu padre?. ¿Dónde están tus hermanos?. ¿Qué
has dicho en la peluquería?.
Uno de ellos le dijo a dos falangistas: "cumplir la orden".
Cogieron las tijeras y le cortaron el pelo al cero. Itziar lloraba desconsoladamente.
Era el 29 de setiembre de 1936. Día de San Miguel.
"Como sigas llorando -le dijeron- te daremos aceite de ricino".
Al verse en semejante estado, con su cabellera en el suelo, y con la
chaqueta de terciopelo llena de su abundante pelo pidió que alguien
le acompañara a casa. Uno lo hizo pero no llegó, a pesar
de estar cerca de donde vivía, una calle paralela en la parte trasera.
Cuando llegó a su casa, su hermana Arantza viendo aquella barbaridad
le dio un ataque de nervios, aunque fue peor cuando volvieron a visitarles
para decirles que querían llevarle a la Misa de Campaña.
Como una mascota.
Llamaron al médico Arozena. Este le dio un calmante, que no le
hizo efecto alguno, y le recomendó se metiera en la cama y no se
levantara. Acudieron donde un fraile, el padre Garmendia. Este logró
que no fuera humillada nuevamente con semejante aberración hecha
además en nombre de la religión.
Pero la juventud lo puede todo. Con una boina puesta y superando aquella
humillación se les ocurrió buscar una peluca. No consiguieron
ni una. Las monjas habían acabado con ellas cuando habían
huido sin sus tocas.
Pero dos chicas jóvenes no podían estar solas en casa.
Una prima de su padre y la familia Ugarte, la que vivía arriba
y cuyo nieto ahora es un gran pintor, les dijo durmieran en su casa mientras
la pequeña Begoña seguía con la familia Yeregui.
Dentro de la tragedia que vivían no estuvieron solas, aunque el
panorama hubiera cambiado, en un abrir y cerrar de ojos, como de la noche
al día.
Sin embargo empezaron los asedios.
Un mal día tocaron la puerta. Vivían en una hermosa casa
que daba a la plaza principal. Era un Guardia Civil de cierta edad. Itziar
tenía puesta una boina para tapar su cabeza rapada.
El Guardia Civil le pidió pasar pues tenía que preguntarle
algunas cosas. Dentro le dijo: "me dicen eres la más bonita
del pueblo y quiero verte como te ha quedado la cabeza. Quítate
la boina".
Itziar dijo que no. El Guardia Civil fue hacia ella. Comenzaron a dar
vueltas alrededor de la mesa. En eso llegó su hermana Arantza.
El Guardia Civil se fue.
Al día siguiente vinieron otros. Les gustó un cenicero.
Se lo llevaron. Vieron la colección completa de Julio Verne. Dijeron
que eran libros peligrosos. Se los llevaron.
Otro día le llamaron al Cuartel. Un tipo mal encarado le dijo
que sabía que su madre estaba enferma y en malas condiciones en
el convento. Sabían que le llevaban la comida de casa, pero que
eso podía tener arreglo. "En sus manos está que su
madre vuelva a casa. Venga usted esta noche a cenar conmigo un buen plato
de angulas de Aguinaga" le dijo aquel tipo asqueroso.
"A ese precio, no", le contestó. Y se fue.
Recurrió a la familia Arozena. Eran gente de derechas. "Antes,
en la República, hemos sufrido nosotros. Ahora os toca a vosotros"
le contestaron.
EN PAMPLONA
Viviendo nueve meses en esas circunstancias tan precarias, un día
el coronel les llamó al cuartel para decirles que habían
sido expulsados de su propio pueblo. Porque si. Era la ley de la fuerza
de los vencedores en una guerra. "Quedan ustedes despachadas, elijan
donde van. Y además se van a pagar ustedes su viaje de expulsión".
Contestaron que podían ir a Etxarri Aranaz, pues allí vivía
un familiar.
"Eso es lo que vosotros quisierais. Etxarri Aranaz está al
lado de la frontera y lo que vosotros buscáis es escaparos. Ni
hablar", contestó aquel déspota.
"¿Y a Pamplona?". "Ahí si, que es zona nacional"
-replicó.
Con aquella desolación fueron a hablar con Ángel Azkue.
En Zarautz como en todos los pueblos existían envidias y, producto
de las mismas, denuncias. Este Azkue quiso ser el Director del Banco,
habiéndose quedado en cajero. En todo aquel trance se portó
mal. Como un canalla.
Habida cuenta que el gran piso era del banco le dijeron que dejarían
sus cosas. Azkue accedió a que ocuparan una habitación con
vestidor. Y se pasaron la noche con ayuda de una chica interina y de la
familia ligarte recogiendo los muebles de una casa que les había
pertenecido. Una familia formada por siete personas. Hacía tan
poco tiempo. Parecía mentira.
Hecho éste trabajo, fueron avisadas a las diez de la mañana
que serían expulsadas a Pamplona. Como la madre continuaba encarcelada,
las hermanas les dijeron que sin la madre no salían de Zarautz.
Arantza fue donde Echeverría que había ocupado el puesto
de su padre en el banco. Este que ya les había ayudado en otras
ocasiones intervino para lograr la libertad de la madre que fue sacada
del convento de Santa Clara. Llegó destrozada. La habían
sacado del cautiverio para su directa expulsión desde la estación
del tren. Como se ve, los de la Santa Cruzada actuaban con gran caridad.
Acto seguido, desvalijaron el piso. Se llevaron todo. Solo se salvó
el piano que se lo había pedido a Arantza el padre Garmendia que
había sido su profesor de música. Más tarde se lo
devolvió para que lo vendieran.
Con la familia Ligarte, y unos primos, pagado ya el viaje y con dos falangistas
de custodia, fueron a la estación. Así dejaron Zarautz en
un viejo cacharro de vapor de un tren de cercanías conocido como
el Plazaola. Desde Lasarte, para llegar de noche a la gris y sometida
Pamplona.
Gracias a Nicolás Ligarte que les dio una carta de presentación
para un primo suyo que vivía en Pamplona en la calle San Antón,
en la parte vieja de Iruña, y que se llamaba Luis Sarasua. Trabajaba
en un bar que se llamaba "El Espejo", donde se podían
comer buenas banderillas. Así pudieron dar los primeros pasos.
Debió ser dramática aquella llegada de noche a Pamplona,
sin conocer a nadie, perseguidas, con poco dinero, acompañadas
de policías secretas y tras haberle amonestado a la madre porque
le había hablado en euskera a su hija Arantza: "hable por
favor usted en cristiano", le dijo aquel esbirro.
En Iruña les recibieron sorprendidos Don Luis y Doña María
Sarasua. Cuatro mujeres de noche y de aquella manera, Cansadas del viaje,
con la madre, tras nueve meses de cautiverio. Itziar con un pañuelo
en la cabeza, la hermana Arantza con cara de pocos amigos por el sufrimiento,
y la pequeña hablando como una cotorra en mal castellano y diciendo
que les habían expulsado por ser nacionalistas. Ellos, navarros,
no lo entendían, pero les alojaron en su casa diciendo: "mañana,
Dios dirá". En ésta casa pasaron unos días,
pero como no tenían dinero para una pensión, pues costaba
14,50 ptas. por persona, la madre alquiló una habitación
con derecho a cocina en la calle Mercaderes.
En Pamplona José Luis Larumbe, el buen requeté, que habían
conocido en Aizarnazabal les había conseguido esta solución
con dos camas y un catre. Tenía una terraza desde la cual se divisaba
el fuerte de San Cristóbal, siniestra cárcel para republicanos
y nacionalistas.
Con el tiempo mejoraron las condiciones. Establecieron relación
con el golpeado mundo nacionalista clandestino, que con la discreción
debida, en una situación de guerra y férrea dictadura, a
pesar de todo, les ayudaron. Una de éstas fue la familia Cunchillos.
Como en el piso había hasta pichis (Guardias), no podían
hablar en euskera. A la pequeña Begoña la metieron en las
escuelas públicas donde una de las profesoras se interesó
por la cría, al contarle ésta su historia y el cuadro familiar
en que vivían.
Petra Menaya era una de las "emakumes" nacionalista que dio
la voz. A partir de ahí no les faltó nada. Cestos de comida
y asistencia. Un rayo de buen sol en aquella noche. La pequeña
Begoña solía ir con la familia Cunchillos a su casa y los
domingos pasaba con ellos la jornada yendo de pueblo en pueblo, paseando
y volviendo a casa con verduras, cosas de droguería, dinero y sobre
todo apoyo.
En la pensión había dos guardias de asalto que lo habían
sido en tiempos de la República. Había además gente
diversa y agradable, lo que les permitió en aquellas duras circunstancias
ponerse a coser y con ello sobrevivir dignamente a la pesadilla que estaban
viviendo como si ellas, una madre y tres hijas, fueran culpables de algo.
Itziar cosía pero también enfermaba. Víctima de
un reuma se había quedado sin poder moverse. Eso no fue óbice
un día en que sonó la alarma ante el posible bombardeo de
la ciudad por la aviación republicana. No supo de que forma, el
caso es que bajó las escaleras desde un quinto piso en un suspiro
olvidándose de todos los males. Para subirlas nuevamente, le tuvo
que llevar en brazos, al sexto piso, uno de los guardias de asalto. Puesta
en manos del médico Ángel Irigaray, éste le recetó
morfina que tuvo que interrumpir para evitar la adición.
Uno de esos días y mientras bajaban las escaleras, precipitadamente,
su hermana Arantza se quedó en la terraza para ver el espectáculo
mientras los vecinos se atrepellaban. En eso apareció un hombre
con una carta. Eran las letras de su padre reclamándoles pasar
"al otro lado". El contrabandista llegaba poco después
de la muerte del general Mola. El funeral que habían visto y que
había sido toda una convulsión en la Pamplona de la cruzada,
les había impresionado.
Aquella nota, cogida con todas las reservas del caso, les originó
una discusión. La madre quería aventurarse, pero Itziar
no. Aquello podía salir mal y empeorar las cosas, y además,
en Pamplona iban poco a poco rehaciendo su vida, salía con Larumbe,
la ciudad era tranquila, aunque con dominio carlista y por tanto franquista,
ya que el requeté había acabado en la guerra con cualquier
disidencia a sangre y fuego. La cosa, pues, no era fácil. Sin embargo
la familia estaba dividida. El padre en Barcelona, terminaría dejando
esta ciudad, y de sus hermanos, nada sabían. "Estarán
en la guerra", con lo que esto suponía.
EL PASO POR MONTE
El escultor Oteiza solía decir que en la sociedad vasca hay dos
personajes representativos. Uno es el Secretario Municipal, el hombre
que hace el país. El otro es el contrabandista, el que lo presenta
al exterior.
Pues bien, en aquellas circunstancias, con aquella frontera y en plena
guerra mundial, funcionaban a tope los contrabandistas. Lo mismo pasaban
un aviador inglés, que tabaco, aunque lo habitual no fuera una
madre con tres hijas. Para hacer esto, el padre, desde San Juan de Luz
había hablado con el Gobierno Vasco y con la red de pase de fronteras,
y había hecho las gestiones para que pasaran a su familia. Y no
le salió gratis el empeño. Por cada una tenía que
pagar 8.000 ptas de la época. Una fortuna.
El caso es que Itziar habló con José Luis Larumbe. Le pidió
ayuda para poder salir de Pamplona. Funcionaban los controles y eso no
se podía hacer si no se tenía un pase. Larumbe lo consiguió.
Así llegaron a Elizondo rezando a todos los santos y en una escapada
de cine. En coche y forradas con todo lo que tenían de ropa ya
que no podían llevar maleta alguna. Pasaron la noche allí.
Era una posada de un nacionalista muy simpático que de noche escuchaba
clandestinamente la radio. Les recibieron con mucho cariño. El
cura de Elizondo les fue esa noche para rezar con ellas el rosario. A
la mañana siguiente salieron con Manuel. Llevaban una hogaza y
una tortilla de patatas para así poder pasar los controles y decirles
a los guardias civiles que iban a un caserío a pasar el día
con la familia. La madre de Itziar tenía miedo. ¡Que pintaba
ella allí, iniciando aquella incierta aventura que podía
además acabar fatal, en aquella noche oscura, de ruidos e incertidumbres!.
Se puso muy nerviosa.
Salieron de madrugada. El chofer traía un chico vestido de requeté
a su lado. Así llegaron a Urdax y a una frontera llena de guardias,
pero sin llegar a ellos, giró a la izquierda hacia un camino vecinal
diciendo que iban de excursión. Un poco más allá
apareció una joven. El chófer les dijo: "seguidle a
ésta en silencio y de forma rápida porque hay que aprovechar
que la guardia civil está comiendo para pasar la frontera".
Anduvieron dos horas, por monte, con toda la ropa y en un día
de calor. Era el día de San Antonio, 13 de junio de 1937. De repente,
el guía les dijo: "Correr, allí está la guardia
civil". Lo hicieron. Había un riachuelo. La madre se cayó.
Siguieron. Se hizo daño en el brazo. Pero siguieron en esas condiciones
y con los zapatos llenos de agua, pero armadas de valor porque les decían
que faltaba poco. En eso apareció un chico. "Seguidme".
Era una cadena.
Itziar, señorita de ciudad, no estaba para esos trotes. "No
puedo más. Yo no sigo. Esto es una locura. Nos van a coger".
Sigue por favor, ya falta poco. Si nos cogen lo pasaremos muy mal. No
hagas esto".
Sacando fuerzas de flaqueza, continuaron extenuadas y asustadas. De repente
apareció un chico de 14 años. Subieron por un descampado.
El chico les preguntó si tenían miedo a los franceses, "porque
ya estáis en Francia". La madre se puso loca de contenta.
El chaval les llevó a un caserío cerca de Sara. No estaba
el marido y padre de las cuatro mujeres. Había estado el día
señalado, pero sus mujeres llegaron con tres días de retraso.
En coche, llegaron a San Juan de Luz. Su madre tenía un hermano,
Ramón, que tenía la casa llena de refugiados. No nadaban
en la abundancia, pero les hicieron todo un recibimiento.
El padre tenía una hermana viviendo en una granja, muy cerca de
Dax, en las Landas donde había de todo, vacas, cerdos, legumbres.
Por lo menos tenían comida abundante. El padre paseaba al cerdo
al que llamaban Braulio. De Director de un Banco a pasear un cerdo. La
hermana Arantza, inquieta, se fue a trabajar a un hotel. Pero tampoco
era plan.
El caso es que el Gobierno Vasco en el exilio, atendió a los miles
de refugiados, pagándoles cinco francos. Era una labor ingente
y sobre todo incierta porque era un Gobierno sin jurisdicción y
sin territorio, pero a pesar de ello, era un gobierno responsable que
se ocupaba de los suyos. Por eso dejaron Burdeos y se instalaron en San
Juan de Luz en un pequeño piso de la rué Tourasse. Sin embargo
el padre no estaba satisfecho con no hacer nada y se fue a Tarbes, con
un grupo, a trabajar. El concretamente en el Economato, con lo que no
le faltaba comida, aunque bajo un frío extremo en pleno Pirineo.
Siguiendo éste acomodo familiar en aquellas circunstancias, su
hermana Arantza se fue a Ghetary a trabajar en un hotel y de allí
al consulado en casa de la familia Sainz de Vicuña como doncella
de la Srta. Coki. Ella, maestra en Deva, mujer inquieta, tenía
que salir adelante como fuera. El hermano pequeño Iñaki
se marchó a Alger llevando vino y a conducir unos camiones cisterna
llenos de vino, pero, cual no sería su mala suerte, que pasó
a territorio español, pensando en hacer la mili, y lo llevaron
a un campo de concentración a Algeciras.
La pequeña Begoña con sus primos Antoni y Ramuntxo iban
a esperar en el muelle a que su tío Ramón volviera del mar
para, con un cesto de sardinas repartirlo entre aquellos refugiados en
peor condición, ya que el reparto económico de la Delegación
del Gobierno Vasco no llegaba para todos.
Un día llegó un sacerdote de Motriko, D. José Antonio
Usobiaga. Había estado en Bélgica y venía con la
misión de llevar a los niños de los refugiados a ese país,
ya que católicos belgas y flamencos estaban dispuestos a acoger
a los niños vascos.
Por esta razón la llevaron con otras tres chicas, hermanas del
sacerdote. En París hicieron cambio de tren hasta Bruselas donde
las alojaron hasta el día siguiente en un colegio de monjas hasta
que vinieron a recogerles. A la pequeña Begoña le tocó
la buena suerte de caerle en gracia a Hermán Frateur, canónigo
de la catedral de Malinas, además de secretario de "L'Oeuvre
des Enfants Basques" del cardenal Van Roey, que le llevó a
un pueblo cerca de Malinas.
La cría chapurreaba el francés, el castellano, y sabía
el euskera pero oncle Hermán era flamenco y le llevó a un
pueblo de una familia numerosa de flamencos. Decían que la niña
estaba muy delgada y como misión de aquella familia campesina flamenca
su objetivo era que engordara. La cría era su orgullo y le llevaban
a todas partes para animar a la gente a acoger a niños vascos.
De esa forma pasó un tiempo con aquella estupenda familia yendo
a la escuela y andando en bicicleta, cosa que todo el mundo hacía,
hasta que un día oncle Hermán Frateur la llevó a
su casa a Manilas para que fuera a un buen colegio.
No podía vivir mejor Begoña hasta que se barruntó
una nueva tragedia. Hitler invadió Polonia y la segunda guerra
mundial comenzó. El canónigo cogió a la niña
y la llevó a Donibane Lohitzun (San Juan de Luz) cargada de ropa
nueva y regalos comprometiéndose a costear su colegio de pago y
el uniforme, colegio que funcionaba al lado del que había ido anteriormente
de forma gratuita. Es de destacar que cuando volvió de Bélgica
solo hablaba el flamenco.
Así, a la pequeña, una organización católica
se la llevó a Bélgica. En tiempos de guerra, los niños
vascos habían salido por barco del Bilbao sitiado a Inglaterra,
Rusia y Bélgica. Pero no solo fue en aquella oportunidad. También
la ayuda siguió, caído Bilbao.
Itziar mi madre recuerda con emoción cuando vio a su pequeña
hermana marcharse en el tren rumbo a lo desconocido. Y es que todo habían
sido separaciones, amarguras y dificultades, aunque en aquel caso se pensaba
que era lo mejor para la niña.
Itziar y su madre se pusieron a coser. Era lo único que podía
hacerse. De esta forma volvieron a rehacer sus vidas.
De manera casual averiguaron en lo que entonces trabajaba su padre tras
lo del economato. Juntamente con otros dirigentes nacionalistas, directores,
empresarios y demás: limpiaban el carbón que caía
a las vías del tren. No tenían edad para otra cosa, en Francia
no había trabajo, se incubaba la guerra mundial, y había
que trabajar en lo que salía. Cuando se enteraron, le fueron a
buscar y lo trajeron a casa.
Pero pasaba el tiempo y aquello parecía no tener salida. Llevaban
tres años en situación de precariedad, con un hermano en
el frente republicano de Lérida, otro casi desaparecido, la pequeña
en Bélgica, otra en un consulado y madre e hija cosiendo hasta
que Itziar dijo a sus padres que había que intentar volver. "Peor
no vamos a estar", les comentó.
LA VUELTA A CASA
Era el año 40. Francia estaba a punto de caer. Llevaban tres años
dando vueltas e Itziar fue al consulado español, a arreglar los
papeles. Lo logró. Una vez conseguido, escribió a José
Luis Larumbe diciéndole que pasaría la frontera tal día.
Y lo hizo. Una confusión hizo que no estuviera nadie. Menuda papeleta.
Con las mismas, la policía la llevó a un campo de concentración
que tenían en Fuenterrabia.
En aquellas dramáticas circunstancias logró le permitieran
llamar por teléfono. Se le había ocurrido hacerlo al vicecónsul
alemán, Ernesto Pieloff a quien su padre conocía mucho de
Zarautz ya que tenía una fábrica y era persona muy agradable.
Le dijo quien era y donde estaba. "No te preocupes. Ahora mismo
voy" le contestó Pieloff. Pero también llegaron los
Mendiola y Larumbe. Pieloff quiso llevarle y atenderle pero prefirió
ir con los Mendiola. Con Larumbe, que vivía en Pamplona, quedó
para verse el domingo.
Nueva época, nuevo panorama.
A su padre le habían puesto la astronómica multa de ciento
cincuenta mil ptas. de la época. A su hermano, trescientas mil.
Aquello era impagable. Sin embargo, alquiló una casa en la calle
Guetaria de San Sebastián. Se acordó de los muebles de Zarautz.
Fue al juzgado. Le dieron permiso para recogerlos, pero los habían
sacado de la casa y llevado al lugar en donde, cuando llegaban los aldeanos
de los caseríos con legumbres, metían allí a sus
burros. Era una cuadra.
Algo consiguió. Una habitación estilo art-decó,
unas mesas, unas sillas, pero faltaban colchones, armarios etc. "A
lo mejor estarán en San Pelayo" le dijeron. Allí fue.
No los encontró. "Cógete estos" le indicaron.
"No. No son míos".
La gente la miraba como a un bicho raro. Era el Zarautz duro de la post-guerra.
El Zarautz atemorizado por el régimen. Y allí aparecía
la hija del Director del Banco, con pelo y resuelta a rehacer su vida.
Alquiló un camión para lo muebles. Ella lo hizo en el tren.
Pudo de esta manera organizar la casa.
Pasado el tiempo lograron que el padre no pagara completa la multa, pero
en el Banco Gipuzkoano no le admitieron. Se trataba de un nacionalista
y era peligroso aceptar una persona represaliada. El Banco Gipuzkoano
no estuvo a la altura. Así era el momento que se vivía.
Para que ahora nos hablen de represalias.
Sin embargo, Francisco Olabeaga, mi abuelo, que era un hombre optimista
y alegre, un donostiarra de la calle Campanario socio de Gaztelupe, pudo
rehacer su vida trabajando. Lo había pasado bastante mal. Había
estado en casa sin trabajo bastante tiempo, hasta que se colocó
en Hernani en la fábrica de cueros Montes y en representación
de varias empresas. No pudieron con él ni con su alegría.
¿Y que hacía el resto de la familia?
A Iñaki, el hermano, lo dejaron libre, pero enfermo, en Algeciras.
Se colocó en Añorga, en cementos Rezóla. Joseba se
quedó en Burdeos. Arantza se colocó en Hernani. La madre,
que tenía en Motriko un piso que había heredado, había
alquilado otro piso en la calle Pedro Egaña, hasta que apareció
una tía y les cedió el piso que tenía en la calle
Guetaria, hermoso y céntrico, que le permitía alquilar camas
a los hoteles que había alrededor de
una Donostia que tras la guerra volvía a ser lugar de veraneo.
Finalmente, la pequeña Begoña, iba al colegio francés.
¿Y que hacía Itziar?
Ella era la Srta. Olabeaga. Cosía con su madre si, pero tenía
sus vacaciones, las primeras medias de cristal, y sus novios, tras, haber
salido con José Luis Larumbe que un buen día se fue a unos
Ejercicios Espirituales a Loyola y tras ellos, lo dejaron. No volvieron
a verse nunca más. Pero no por eso se quedó sin pretendientes.
Le salió un requeté en Ondarroa, un bilbaíno, y alguno
más, pero ella prefería salir los domingos con sus padres.
Tenía su explicación. Algo había ocurrido el 31 de
julio de 1939.
EL DÍA DE SAN IGNACIO
El día de San Ignacio es importante para los nacionalistas. Es
una especie de "Aberri Eguna". Ese día, en 1895, se había
fundado el PNV y, ese día, en 1939 fue un día de fiesta
y celebración.
Por eso no era de extrañar que en las romerías y excursiones,
aquellos refugados trataran de celebrarlo a pesar de las circunstancias
que vivían. Expulsados de sus casas, sin un duro, pero confiando
que aquella pesadilla acabara.
Itziar fue con sus amigas a Ghetary. Estaba con Maritxu Okiñena
cuando apareció un chico de Bilbao, muy simpático que les
dijo que sus hermanas no le habían preparado la comida y les pidió
le invitaran. Así lo hicieron. Pasaron un buen día.
Al poco tiempo Itziar volvió a verle. El sabía todo de
ella. De donde era. Quién era su familia. La edad. Resulta que
el joven, se llamaba José Luis y trabajaba en Villa Endara, en
Anglet, que era la sede del PNV y había leído la ficha de
Itziar. Su familia vivía entre San Juan de Luz y Cambó y
su padre un capitán de la marina mercante retirado, cogía
castañas y se las repartía a los refugiados. Aquel joven
tenía buena pinta |