El 31 de julio de 1895,
Sabino Arana fundó el BBB del PNV. Creó un instrumento de
lucha nacional asentado en valores. Ciento diez años después,
¿qué somos?.
Por razones de persecución y exilio lo que escribía nuestra
gente en aquellos años tenía un ámbito muy reducido
de proyección y difusión. Eso pasó en 1955 con una
reflexión que hizo Francisco Javier de Landaburu en París,
un año antes de editar su libro “La Causa del Pueblo Vasco”,
bello y profundo trabajo que ningún nacionalista de buena voluntad
debería dejar de leer.
En julio de 1955, Landaburu reflexionó sobre el PNV. Estaba el
pobre en medio del largo túnel de una dictadura, con una juventud
inquieta que tocaba la puerta y ante un régimen que iba a durar
veinte años más. Pero aquella gente seguía luchando
y pensando, como decía en su artículo, que “El PNV
ha creado una nueva mentalidad”. Cincuenta años exactos de
este trabajo, ¿conserva su vigencia? ¿Somos un partido de
valores o andamos al albur de lo primero que salta? Quizás nos
haría falta una nueva y limpia reflexión. Pero antes conozcamos
lo que decía Landaburu:
“Hacer la biografía de un partido de sesenta años
debe de ser mucho más difícil que hacer la biografía
de cualquier persona, por grandes que hayan sido sus méritos y
por muy enrevesada que haya sido su vida. Además, para que una
biografía sea completa hay que esperar a que desaparezca el biografiado.
Nuestro partido, amenazado de asesinato ahora hace diecinueve años,
sigue viviendo, gracias a Jaungoikoa, y los que lo quisieron matar se
han convencido de la imposibilidad de acabar con él.
Pero si no se puede, y menos en un artículo, hacer la historia
del Partido Nacionalista Vasco, contentémonos con destacar los
que nos parecen rasgos más esenciales de su personalidad.
Una de las características no políticas más fuertes
del PNV ha sido la de construir una familia inmensa, la familia de los
patriotas vascos. No hay en ello exageración. Cuando el Partido
se desarrollaba en vida normal, y actualmente, el vasco “jelkide”
encontraba en él clima y posibilidades suficientes para resolver
los problemas de orden práctico y los de orden sentimental que
la existencia le iba planteando. En el Partido han nacido las grandes
amistades y los matrimonios de muchos patriotas, han surgido las asociaciones
y las empresas, los negocios y las aventuras. Como en cualquier familia
numerosa surgieron también parientes enriquecidos olvidadizos,
parientes pobres desanimados y parientes “trastos” ingratos
a quienes, en medio de todo, se sigue estimando. Como en cualquier familia.
La dispersión de los afiliados no ha hecho más que trasladar
el tema a países diversos donde todo ello se plantea y se resuelve
en iguales términos.
DEFICINIÓN NACIONAL Y NUEVA FISONOMÍA
En el orden político, el PNV hizo dos cosas importantes: salvar
la definición nacional que estaba en riesgo gravísimo de
sucumbir y dar a la mentalidad del país una fisonomía nueva.
No creo que nadie discuta el primer hecho, lo aceptan incluso los que
niegan a Euzkadi su carácter de nación. De ahí la
especialísima saña de los perseguidores del nacionalismo
vasco. Si el Partido no hubiera nacido en el tiempo en que fue fundado,
no quedaría hoy de lo vasco más que el recuerdo histórico
porque no sólo hizo aquél que sus afiliados persistiesen
en el mantenimiento de peculiaridades sino que también sirvió
de acicate a los no nacionalistas para cultivar características
vascas fuera de lo político o en área política más
limitada en sus ambiciones y más pródiga en sus equívocos.
Si el Partido no hubiese nacido, el declive de la lengua vasca hubiera
sido muchísimo más rápido y los estudios vascos,
en general, no hubieran parado de ser patrimonio restringido de cuatro
chiflados. Si hoy esos estudios son florecientes, y cada día más,
si seguimos asistiendo a una renacimiento de un cierto arte y de un cierto
folklore vascos, es nuestro Partido quien merece los aplausos. Finalmente,
si el llamarse vasco da conciencia de ser, si con esa conciencia es bastante
para andar por el mundo, si hay una firme esperanza de que ese estado
espiritual tenga próximamente una expresión jurídica,
todo eso es obra del Partido, y yo, que pretendo siempre no confundir
el Partido con el nacionalismo vasco porque éste, actualmente,
desborda a aquél, esta vez tengo que precisar que es inicial y
fundamentalmente al Partido y solo al Partido a quien se debe el revivir
y el persistir de la patria.
Algunos creen que la actitud del Partido en julio de 1936 se debió
a una especie de “cara o cruz” que determinó la adscripción
de los nacionalistas al bando democrático. Otros han acusado al
Partido y a los demás patriotas de haberse vendido por el plato
de lentejas estatutistas. Las decisiones graves en una organización
de tradición democrática como la nuestra suelen obedecer
a motivos más profundos. El PNV, además de ser demócrata,
era republicano por conservar el escozor de las injurias que el régimen
coronado había hecho al País desde hacía más
de un siglo, y todos sentimos una alegría cierta cuando ese régimen
desapareció en Madrid. El nuevo régimen también nos
dio alfilerazos que un día pudieron ser cuchilladas pero las posibilidades
que en él encontraba nuestra causa, no siempre favorecidas desde
arriba, se ajustaban bien al espíritu progresivo que iba brotando
en las diversas capas que agrupan a los afiliados. Ese afán de
progreso no nació en el nacionalismo vasco en 1936. Era anterior
aunque desde entonces a hoy se haya desarrollado todavía más
intensamente. El Partido hacía ya muchos años que, manteniendo
su doctrina patriótica, había salido de un simbolismo, para
tender a constituir una nueva armonía social vasca. Era natural
que ello sucediese, porque entre 1930 y 1936 el Partido había ampliado
enormemente su base popular. Nuestro pueblo sabía ya entonces,
porque experiencia no le faltaba, ni juicio crítico tampoco, que,
salvado el principio del respeto a la fe, nada bueno podía esperar
de las fuerzas conservadoras españolas y sabía también
que en esas fuerzas no se hacía siempre con claridad suficiente
la distinción entre la fe y el interés, entre la religión
proclamada a gritos y divulgada a tiros y las exigencias de un cristianismo
revigorizado y no exclusivo de una clase que nuestro pueblo expresaba
ya en fórmulas de moderna justicia social.
LA SÍNTESIS NO FUE DIFÍCIL
En el Partido Nacionalista Vasco había ya mucho de esto profundamente
sentido, sólidamente arraigado en nuestra gentes y acaso tanto
en muchas de ellas como las perspectivas autonómicas. La síntesis,
pues, no fue difícil, el Partido se fue con la democracia sin tener
que rebajar una sola de sus tesis, sin ceder un punto en sus aspiraciones.
Esta decisión histórica del Partido, que proporcionó
un matiz interesantísimo al bando demócrata peninsular,
ha creado en nuestro pueblo una especie de coraje cívico al que
no renunciará nunca a pesar de que las consecuencias de julio de
1936 no nos hayan sido favorables. Aquella trascendental decisión
del Partido Nacionalista ha influido enormemente en el espíritu
de la ciudadanía vasca, a la que ha enseñado el valor de
la libertad y los beneficios de la tolerancia. El pensamiento nacionalista
ha evolucionado y se ha actualizado. No le es extraño ningún
problema de envergadura mundial y de sentido humano aunque se plantee
fuera de las fronteras vascas. Los hombres que están fuera de casa
han procurado incorporarse a esas corrientes mundiales y la meditación
que crea la inacción forzosa de los que están dentro, esperando,
nutre esa esperanza irrenunciable con savia nueva que tendrá consecuencias
ineludible en el día de la restauración patriótica.
Yo estoy seguro de que la clásica acusación de “aldeanismo”
que contra nosotros se hacía será sustituida por la del
excesivo “progresismo” que nos reconciliará con muchas
gentes pero que seguirá perturbando las malas conciencias de los
que nos habían creído los mejores auxiliares de la Guardia
Civil para guardar un orden semejante al que hoy existe en España,
que puede ser la tranquilidad en la calle pero que no es el orden social
del mundo de hoy, que no es el orden cristiano.
Esa mentalidad nueva que el PNV ha creado es la conjugación de
unos principios tradicionales e inmutables con los criterios modernos
que no consisten en la declamación lírica de derechos individuales,
sociales y nacionales sino en la aplicación estricta de normas
viejas y nuevas que aseguren su respeto y su cumplimiento.
La decisión nacionalista vasca de julio de 1936, que tantas lágrimas
ha costado, sentó jurisprudencia de amplitud universal para todos
los partidos cristianos y demócratas al mismo tiempo. Los que por
seguir idéntica norma triunfan hoy en Europa muy fuera de ella
nos reconocen como sus predecesores. El vasco afiliado que, políticamente,
está hoy todavía sometido, puede estar seguro de que su
doctrina no ha pasado a ser reliquia histórica sino caudal enorme
de posibilidades futuras. Para que así sea, ese compatriota no
necesita más que cumplir con dos virtudes que ya conoce: consecuencia
y decencia”.
Esto escribía Landaburu en 1955, hace cincuenta años. Hoy,
los debates son cada vez más sociales, más del día
a día. Desde la familia, pasando por la laicidad, el planteamiento
ético y la apuesta por un país en que quepamos todos. La
de un país pequeño que debe aprovechar cualquier oportunidad
o la de un país ensimismado y en el mismo registro. La de un país
que quiere basar la acción política en la verdad y no en
la mentira.
Un voluminoso político nacionalista planteaba recientemente en
una conversación, lo siguiente: “Nuestro modelo es el modelo
identificable del PNV, de siempre, adaptado a los nuevos tiempos, o es
el modelo, con todos los respetos, de Madrazo?. ¿Somos IU o somos
el PNV. Somos EHAK con su dictadura del proletariado o somos un partido
de valores democráticos?”. Ciento diez años después
de la fundación del PNV no está mal hablar de estas cosas.
¿O no?
ETA FUE LA CAUSA
Pero el 31 de julio, no se cumple un año más del PNV. También
de ETA. O por lo menos eso es lo que dicen quienes eligieron el día
de San Ignacio par darle alas a una idea, sesenta y cinco años
después de creado el PNV.
Cuando ahora miramos a Londres y vemos que británicos de origen
pakistaní o iraní o afgano atentan y destruyen por odio
a gentes del país que acogió a sus familias, miremos a Euzkadi
cuando en 1960, con la revolución cubana y la argelina echando
humo, una dictadura sangrienta como la de Franco machacando cualquier
disidencia, una lengua que desaparecía, besos y abrazos entre los
Estados Unidos y el Vaticano con un general golpista que había
apoyado a Hitler y Mussolini, ¿cómo no iba a nacer ETA?
ETA fue la causa. No el origen. Pero esta ETA no tiene nada que ver con
aquella, no con el contexto internacional, no con la situación
interna del País.
Cuando vemos a un joven norteamericano de veinte años pilotar
un F-18 y destruir en nombre de la civilización a sus semejantes
en Irak o vemos las imágenes de torturas en Abu Ghraib o en Guantánamo
no es que justifiquemos la violencia que desata otras violencias pero
hay que tenerlas en cuenta. Y acordémonos de cómo nació
ETA, una ETA que debe desaparecer, porque una acción defensiva
en 1960 la han convertido en una acción ofensiva contra su propio
pueblo.
Cuando vemos a ETA depurar a dirigentes encarcelados porque tienen miedo
a la disidencia. Cuando vemos las bombas que acaban de poner en Boroa.
Cuando vemos la inmensa debilidad de Batasuna que repudia a Elkarri porque
no les da la razón al cien por cien. Cuando vemos que esta gente
no ha sacado ninguna conclusión política del 11-S, del 11-M,
del 7-J, sólo nos queda concluir que al frente de todo ese tinglado
o hay gente muy fanática, o gente con sólo un gramo de inteligencia
o gente que de patriota no tiene absolutamente nada.
Ya sabemos que no cabe despreciar el ímpetu y la imaginación
de la Izquierda Abertzale. Aunque ya en una ocasión memorable,
recién constituidos el primer Parlamento Vasco y el primer Gobierno
Vasco, la dirección de ETA propuso a la del PNV, verbalmente, la
disolución de dichas instituciones, la denuncia del recién
plebiscitado Estatuto y de la Constitución española para
caminar juntos, “porque si vamos junto ganamos”. Visto desde
el paso del tiempo, no parece que el PNV se equivocara al no aceptar dicha
propuesta, lo que debe hacerle más cauto al considerar ofertas
nuevas de proyectos audaces y atractivos para una nacionalista, pero no
siempre dotados de un mínimo de posibilidad práctica de
aplicación en la sociedad real de Euzkadi.
Como decíamos en la Asamblea General de 1995: “las grandes
metas del nacionalismo vasco, como la soberanía, la unidad territorial,
la independencia en Europa, hasta pueden convertirse en puro escapismo
si no se abordan a fondo los problemas del día a día, sin
cuya solución dichas metas o n son posibles o carecen de sentido
pleno”.
En definitiva, no es más que eso lo que quiso decir Sabino Arana
hace ciento diez años cuando resumió su programa en una
frase contundente “Euzkadi es la Patria de los Vascos”. Pues
eso.
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