Es un auténtico
honor estar hoy aquí con Vds. en casa de Don Manuel, tributándole
parte del necesario homenaje de reconocimiento hacia una de las personalidades
más importantes de la política nabarra, vasca, española
y europea. La guerra, el largo exilio y las necesidades de una transición
que decidió no mirar atrás, hacer justicia, pasar factura
o recordar el pasado inmediato ha hecho que nos hurtaran nuestra propia
memoria.
Es esta la razón por la que hay que felicitar a Arantza Amézaga
por romper el muro de silencio y escribir esta magnífica biografía
cuyo título es toda una invitación: “Manuel de Irujo,
un hombre vasco”, editado por la Fundación Sabino Arana.
Arantza no ha escrito un libro sobre un político. Ha escrito
fulgores de la vida de Estella, de una familia, de una causa. El pase
del carlismo al nacionalismo de Daniel de Irujo, defensor de Sabino Arana
y amigo del padre de José Antonio Aguirre. Nos cuenta cómo
era la Nabarra de principios de siglo y sus luchas políticas. Nos
describe delicadamente al Irujo mozo y sus amores y tristezas, al Manuel
diputado en Cortes, la lucha por el Estatuto, la guerra civil y la valiente
vivencia del Cuartel de Loyola. El Irujo, precio del primer Estatuto Vasco
y el Irujo ministro, hombre de paz y justicia en la guerra. El político
republicano y ministro en el exilio. El hombre de partido y de acción.
La Democracia Cristiana y el Movimiento Europeo, el Consejo Nacional en
Londres y el hombre de las mil cartas, los artículos y la oratoria
vehemente. El amigo de Castelao y el compañero de Aguirre, Landaburu,
Leizaola y Rezola. Bittori, Gamarra, Doxandabarantz, Fortunato Aguirre.
La vuelta del exilio y el ejemplo para las nuevas generaciones de la coherencia
ideológica y la consecuencia con ideas de un hombre que como diría
Alberti: “era un hombre de madrugada, comprometido con la luz primera”.
El libro de Arantza termina de una forma bellísima y delicada
haciendo un canto a la paz, la concordia, al trabajo y al amor, en el
día trágico del asesinato de Tomás Caballero que
cuando Don Manuel llegó del exilio, le recibió en el ayuntamiento
como alcalde accidental y le dijo:
“Cuando anteanoche le saludé me hizo una pregunta, que
comprendí la hacía en tono recriminatorio. La pregunta
fue por qué reñíamos tanto en el Ayuntamiento de
Pamplona. Yo entendí la pregunta como un consejo, de quien habiendo
reñido mucho cuando era joven, ha comprendido y sufrido las consecuencias
de la intolerancia y la incomprensión de las razones de los demás.
Luego en su discurso, fuerte y vibrante, impropio de un hombre de su
edad, dijo que venía sin ganas de revancha, y sus palabras se
dirigieron más a resaltar lo que une y marginar lo que separa.
La verdad es que tanto la pregunta como el discurso están en
la línea de la imagen que nos habíamos forjado de aquel
hombre que tuvo que nadar en unas aguas excesivamente turbulentas, en
situaciones sumamente difíciles y que supo siempre mantenerse
sin renunciar a ninguna de sus ideas. Por eso, en este acto que realizamos,
quisiera que se viera por encima de las idas que unos y otros profesamos,
y que podemos o no compartir, el recibimiento a un gran navarro, que
ha servido a los demás.
Arantza no ha escrito un libro. Ha volcado en quinientas páginas
los desvelos, anhelos, alegrías y tristezas, planes y fracasos
de tres generaciones de vascos perdedores que al final ganaron por su
perseverancia y terquedad y por una jerarquía de valores bien puesta
en su sitio.
El propio Don Manuel escribía sobre el padre de Arantza, aquel
insigne polígrafo vasco: “Amézaga es uno de esos valores
intelectuales a los que el régimen franquista ha forzado a vivir
y morir en el exilio, privando a su país de origen, de los servicios
que una vida normal pudiera haberle rendido. Quien necesite alientos vitales
de humanismo –escribía Don Manuel- que lea el “Hombre
Vasco” de Amézaga. Verá cómo aún alientan
en Edmundo espíritus nobles, que preocupados de que entre la bomba
atómica, los cerebros electrónicos, y la tecnocracia no
se marchite el sentido humano de la vida y de la historia”.
Me da la impresión de que Arantza, recordando a Irujo, homenajea
a una generación irrepetible, entre ellas, la de su aita, cuyo
busto, vigila hoy desde el Abra de Bilbao, los barcos que nos unen con
los siete mares.
Durante este verano, en las universidades de estío hemos escuchado
a Hugh Thomas, Castilla del Pino, Paul Preston, Stanley Payne y recientemente
a Günter Grass quejarse de lo poco que se ha estudiado nuestro pasado
reciente. Reivindicaban que se pusiera fin a la amnesia colectiva sobre
los años de la República, la Guerra Civil, el exilio y la
persecución franquista, recuperando la memoria anónima de
quienes vivieron una etapa marcada por la figura más nefasta en
la historia reciente, porque de lo contrario, nada de lo que ocurre hoy
se podrá entender sin estas claves silenciadas.
De ahí la importancia del libro que sobre Irujo ha escrito, con
tanta minuciosidad, aquilatamiento de fechas, descripción de personas
y situaciones y que culmina con un índice bio-bibliográfico
extraordinario, que me recuerda sus trabajos de indización de la
revista Euzkadi en los años setenta, trasunto de su vocación
profesional de una carrera estudiada en Venezuela y que cuesta pronunciar:
Biblioteconomía.
El escritor Carlos Fuentes dice en “Los años con Laura
Díez” que las mejores novelistas del mundo son las abuelas
y se quejaba el escritor mexicano que nos hemos olvidado de escuchar a
las abuelas. “Las nuevas generaciones –dice Fuentes-, se sienten
autosuficientes y se produce una ruptura y un aislamiento. Los jóvenes
se vuelven seres muy aislados si no tienen esa concesión con la
memoria del pasado y, en consecuencia, seres muy manipulables, inermes,
que serán llevados y traídos por un poder benévolo
invisible, pero no menos mortífero que un poder totalitario”.
Y este libro, contando la historia de un gran abuelo, que también
fue joven, trata de romper esa hipoteca de la transición y de esta
abundancia de información desechable.
Manuel Irujo no puede entenderse sin Estella y sin su firma Lizarraga,
pseudónimo de sus continuos artículos a una emisora clandestina,
Radio Euzkadi, que funcionaba en Venezuela, traspasando la barrera de
una interferencia franquista a la que quijotesca pulga mediática,
tanto molestaba. Allí venía una vez por semana Pello Irujo,
para grabarnos programas para dos días con una voz y una entonación
de locutor profesional francamente notables, sobre todo cuando debía
poner énfasis en los artículos históricos y de rabiosa
actualidad europea que el hombre del traje negro enviaba desde París
o Londres recordando casi siempre conceptos como la unión de unidades,
el que todas las libertades son solidarias o yendo continuamente a su
Nabarra del alma en las inscripciones de las campanas de Santa María
la Real de Nájera. “Honoren Dei Libertate Patria” o
el lema de los Infanzones de Abarka “Pro Libertate Patria, Gens
Libera Estate” o que en 1516 al ser incorporada la Corona de Nabarra
a Castilla lo fue para salvar su “Naturaleza Antigua”, Lege
Zarra, en leyes, jurisdicción, territorio, gobierno y genio civil.
En momentos como los que vivimos, sobre todo de esperanza, a pesar de
las mil dificultades de cada día, reconforta recordar la gallardía
y hombría de bien cuando estalló aquella inmensa locura
de la guerra y a él le tocó ser nada menos que Ministro
de Justicia de un gobierno legítimo asediado dentro y fuera: “Como
hombre yo soy católico, demócrata y republicano. Como Ministro
yo he venido a respetar y hacer respetar la ley. La independencia de la
función judicial es, para un Ministro de Justicia, un principio
fundamental. Yo no seré Ministro de Justicia, más que en
tanto pueda garantizar que los Tribunales de Justicia aplicarán
la ley sin que la conciencia del juez actúe bajo la presión
de cualquier poder”.
Julio Jáuregui, su colaborador, contaba cómo Irujo era
el encargado de llevar al Consejo de Ministros los expedientes de los
condenados a muerte para que éste decidiera o no, proponer al Presidente
de la República el ejercicio de la gracia o el indulto.
Jáuregui cuenta que invariablemente defendía la causa
del reo y proponía la aplicación o conmutación de
la pena de muerte.
“Siempre, digo bien, siempre, votó en contra de la ejecución
de la pena de muerte y siempre se pronunció por el indulto”.
No me corresponde extenderme más aunque podría hacer un
apunte sobre el viaje que le organizamos a Caracas en 1974, que fue todo
un éxito y para mí la mejor clase de política práctica
que he recibido en mi vida. Podía apuntar una larga conversación
con su sobrino Pello, en la Fuente de Soda de Las Mercedes sobre el papel
que Don Manuel tenía que jugar tras la muerte de Franco o la larguísima
conversación en casa de Mari Ló Irujo hablándonos
de Juventud Vasca de Bilbao, Galeuzka, el proselitismo, las incomprensiones
de la vida de un partido o su amistad con una Aguirre del que decía
que su forma de mirar, de dar la mano, su frescura directa y su cara limpia
cautivaban y creaban confianza.
Irujo es oceánico y el tiempo escaso. Sólo deseo apuntar
un dato sobre su regreso del exilio, aunque a él le hubiera gustado
haber vuelto acompañando a Leizaola, el Lehendakari.
Hablando con su sobrino Pello, pensamos que Don Manuel no podía
regresar del exilio como uno más, e hicimos coincidir su regreso
con la Asamblea celebrada en el Pabellón Anaitasuna. Eran días
del regreso de La Pasionaria, Alberti, Carrillo, y le propusimos volver
en una avioneta alquilada.
A Don Manuel aquello no le gustó nada. “¿Ustedes
no creen que eso es hacer el ridículo?”. “No, Don Manuel,
le dijimos. Usted tiene que volver del cielo, como le corresponde y allí
abajo estará su gente, recibiéndole, como usted se merece”.
“Cuarenta años de exilio os saludan”, dijo al llegar.
Cuarenta años de consecuencia en la lucha por unas ideas. Cuarenta
años de dignidad y lealtad política, se cerraron el 24 de
marzo de 1977.
Y vinimos a Estella. A las seis y cuarto llegó a la basílica
del Puy donde fue recibido con aplausos. En la puerta de esa iglesia que
domina el pueblo había una ikurriña y una pancarta que decía:
Ongi etorri etxera. Lizarrakoak”. Allí ocupó el lugar
de preferencia junto a sus hermanos Pello Mari y Josefina y la viuda de
Eusebio Irujo.
El párroco de San Juan Bautista, Don Esteban Irigoyen, comenzó
la misa concelebrada mientras los txistularis de su pueblo interpretaban
piezas vascas. A las siete, desde un balcón que da a la explanada,
Irujo se dirigió a la gente sin megáfono que rechazó.
Agradeció la presencia de la gente y afirmó que “se
debe andar por el mundo con los brazos abiertos para querer y amar, par
forjar un nuevo mundo en la paz”. Hizo hincapié en que su
presencia era “la de un estellés más”.
“Hay momentos –continuó diciendo- de hablar y de
sentir. Este para mí, divisando San Pedro y Montejurra, es un momento
de sentir. Sea cual sea la situación que hayáis tenido en
la guerra vuestra presencia me dice que estoy en casa”.
Recordó después a todos los muertos por sus ideales, refiriéndose
en especial al que fuera alcalde de Estella, Fortunato Aguirre. Volvió
a insistir de nuevo en la alegría que le daba estar en su ciudad.
“Quiero la paz en la democracia social que nos permita avanzar por
el camino de la justicia sin vencedores ni vencidos. No busco el diálogo
de las pistolas, sino de las gentes, porque hablando logran entenderse”.
Interrumpido en varias ocasiones terminó diciendo que “llevo
con mucha honra y satisfacción la medalla de la ciudad que me han
entregado”.
Finalmente un último comentario.
A Don Manuel sólo lo retiró de la política, la
salud. Logramos convencerle para que fuera candidato en aquellas primeras
elecciones a senador. Y para ello, organizamos un Frente Autonómico
con el Partido Socialista y ESEI. Por el partido socialista iba Ramón
Rubial y por ESEI Goyo Monreal. Don Manuel salió elegido con 56.820
votos. Y aquel frente autonómico hizo que los primeros pasos preautonómicos
vascos se hicieran conjuntamente entre alaveses, gipuzkoanos, vizcaínos
y nabarros, cuando todavía no estaba ni contemplado el famoso acuerdo
de Lizarra. PSOE, PNV y ESEI fuimos juntos a las elecciones en el Senado
y no pasó nada. Aquello fue un Frente por la democracia y la normalización
política. Y allí estuvo Irujo. Preocupado fundamentalmente
por Nabarra. Por una Nabarra que el veía haciendo política
conjuntamente con sus hermanos.
Era el Don Manuel de siempre. Nacionalista, nabarro, humanista, demócrata.
Vasco. Abogado sin bufete. Con garra de dirigente, dedicación absoluta,
madera de líder, curiosidad y erudición histórica,
carisma natural. Cultura humanística. Elegancia con las damas.
Suavidad en el trato. Don de mando, y poder persuasivo para convencer
y hacerse seguir. Y lo que es importante en un político de raza:
ideas claras, facilidad de palabra, pensamiento con sindéresis,
poder comunicativo, y un cosa importante tras un largo y amargo exilio:
sentido del humor.
Todo esto es lo que se recoge en el libro. Si en su día Arantza
escribió un cuento dedicado a los niños titulado “Chispas
de felicidad” que mientras yo leía el libro de Irujo, daba
a mis críos el de Arantza, ésta ha sido de verdad, todo
un fogonazo de felicidad encontrarme de nuevo con Don Manuel, con la familia
Irujo, con Lizarra, con la buena gente que creyó, como dijo el
sacerdote en su funeral, que hombres como aquel justificaban toda una
generación.
A pesar de ser muy tópica y muy manoseada y además muy conocida,
permítanme que recuerde no solo lo que repita Arantza recordando
al Fuero, que el tronco vuelva al tronco, y la raíz a la raíz,
sino lo que dijo Gabriel Aresti sobre la Casa de su padre que parecía
escrita por Don Manuel.
Defenderé la casa de mi padre.
Contra los lobos,
contra la sequía,
contra la usura, contra la justicia,
defenderé la casa de mi padre.
Perderé los ganados,
los huertos,
los pinares,
los dividendos,
pero defenderé la casa de mi padre.
Me quitarán las armas,
y con las manos defenderé la casa de mi padre.
Me cortarán las manos,
y con los brazos defenderé la casa de mi padre.
Me dejarán sin brazos,
sin hombres y sin pecho,
y con el ama defenderá la casa de mi padre.
Me moriré,
se perderá mi alma,
se perderá mi prole,
pero la casa de mi padre seguirá en pie.
Eskerrik asko!
Don Manuel defendió la casa de su padre. Esta casa, y las ideas
que defendió siguen en pie, mientras crece su recuerdo que se alarga
con el tiempo, como crece la sombra, cuando el sol declina.
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