No me digan ustedes que el lunes 23 de enero, el ex ministro Ángel
Acebes, desde la sede del Partido Popular no tenía la clásica
pinto del chulo más chulo del barrio de Salamanca.
Valoraba despectivamente, después de la sorpresa inicial, el acuerdo
que había tenido Zapatero con CiU, metiendo en el mismo saco de
la anti-España a Zapatero, Otegui y Carod Rovira. Se notaba que
estaba irritado y no se cortó un pelo en dejarle al dirigente catalán
Josep Piqué desautorizado y a los pies de los caballos. Era la
viva reencarnación de Aznar en estado puro.
El PP creyó que el frente que en enero le había abierto
al PSOE con el Estatut, la OPA de Gas Natural y Salamanca le iba a salir
muy mal a Zapatero y como han dicho que los dos ejes de su frontal oposición,
la que mueve su electorado son los asuntos vinculados con la Nación,
la única, y el Pacto Antiterrorista, pues todo este lío
era bueno para su particular convento. De hecho, Zaplana, el ultra que
calienta el ambiente, ya había dicho a mediados de enero que el
PP aboga por una reforma electoral, en la línea de Rodríguez
Ibarra, que acabe con la España provisional y por tanto con la
perversión del actual sistema electoral que hace que los gobiernos
centrales dependan de las minorías. No dijo eso cuando en 1996
nos necesitaron para que Aznar gobernara con CiU, CC y PNV.
El problema del PP es que si no hace tremendismo, si no dramatiza las
situaciones, si no mueve el esqueleto del Cid, si no les dice a los militares
que España está rompiéndose es que se queda sin discurso
y con la gente en casa. Todo un cutrerío de política.
Y no debería ser así. Por eso fue grave la tibia respuesta
del PP a la indisciplina militar de Mena y toda su tormenta posterior.
Rajoy perdió una gran oportunidad para no aparecer como un ventajista
que se aprovecha de una falta militar para sacar él rédito
electoral. Como dirigente político de oposición puede criticar
al PSOE y a Zapatero cuanto quiera pero ante un acto grave de desobediencia
militar tenía que haber sido él el primero en recriminar
la actitud de Mena y del capitán legionario y no haber hecho lo
que hizo: aprovecharse del follón par hacer más antinacionalismo.
Le faltaron reflejos democráticos para haber sido el más
contundente en reclamar su cese, a pesar de que pueda estar de acuerdo
con él en el fondo. Con ello hubiera mermado su impacto mediático
y hubiera puesto firme a más de uno. No lo hizo, porque su hoja
de ruta va por otros derroteros. Desde luego esta no es la democracia
chilena que tiene arrestado al ex dictador Pinochet en un Santiago de
Chile adornado con fotografías con Pinochet en camiseta, con sus
gafas negras y con un cartel de identificación policial en el que
pone “Feliz Año Nuevo”. Y lo será, porque todo
el pinochetismo ha sido arrumbado, mientras aquí el franquismo
goza de una estupenda salud.
Hablando en Madrid la semana pasada con una periodista a quien el virus
del desasosiego le ha hecho mella me decía que “esto está
peor que nunca”. Le contesté que todo lo contrario, que para
mí estaba mejor que nunca. “Mira, aquí no se ha interiorizado
la democracia y hay gentes que para decir que las cosas están bien
hay que darles la razón en todo porque si se te ocurre reivindicar
lo robado, hacer justicia con los muertos asesinados, discutir democráticamente
las cosas o poner en cuestión el centralismo de Madrid es que te
llaman de todo. La paz, es la paz de ellos, contada por ellos, hecho por
ellos y aguantada por los demás y, eso, lógicamente es todo
menos un sistema democrático”. De ahí que el PP haya
puesto las bases de su Convención Nacional que se celebrará
con el ecuador de la legislatura en marzo y significativamente con el
décimo aniversario de la primera victoria en unas elecciones generales
de Aznar basándolo todo en la “crisis nacional” que
se vive y edificando su discurso de oposición en “Nación”
y Pacto Antiterrorista. Magro cargamento para una sociedad viva y globalizada.
Poco material político para llamar la atención de ahí
que sólo echen mano de la unidad de España por un lado y
de los coros y danzas de las autonomías por el otro.
Reflexionaba el ex presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso sobre
la crisis de los partidos diciendo cosas de interés que a todos
nos tiene que mover a ponernos las pilas.
El brasileño dice que suele darse por sentado que los partidos
son cruciales para la vida política moderna. Constituyen la base
del sistema democrático representativo desde fines del siglo XIX.
Sin embargo, sus perspectivas en las grandes democracias de hoy no parecen
halagüeñas. Es más, es posible que algunas de esas
poderosas máquinas políticas desaparezcan pronto.
La tierra bajo sus pies ya se está moviendo. Los partidos han
fundado sus programas en divisiones ideológicas y de status que
cada vez son menos importantes. Aunque la conciencia de clase sigue contando,
las identidades étnicas, religiosas y sexuales tienen ya prioridad
y representan afiliaciones que recorren de forma transversal los límites
entre los partidos tradicionales. Las etiquetas de izquierda y derecha
significan cada vez menos. Los ciudadanos tienen múltiples intereses,
distintos sentimientos de pertenencia e identidades superpuestas. Algunas
formaciones políticas han conseguido adaptarse.
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