Estoy pensando
en imprimir una serie de tarjetas de presentación en las que ponga:
Iñaki Anasagasti y, debajo: “le hizo dos preguntas a Vladimir
Putin”.
La clave está en que las preguntas formuladas
han sido sobre Chechenia. Las dos al mismo zar, pero con un lapso de tiempo
de seis años.
Me explico.
En junio del 2000 Putin viajó a Madrid. Gobernaba
Aznar y él acababa de llegar a la cúspide del poder de un
estado en declive, desprestigiado, con una economía que hacía
aguas por todas partes y con el antiguo presidente Yeltsin más
preocupado por el vodka que por arreglar aquel caos.
Tuvo el gesto, que los tienen pocos, de pedir en su visita
al Congreso se le diese la oportunidad de hablar con los portavoces parlamentarios.
Y allí estuvimos con él en la Sala del Consejo de Ministros
en el Congreso.
Cundo me tocó hacerle la pregunta, se la formulé
sobre Chechenia. La gente que estaba con él hizo ¡glup!.
Y no digamos mis compañeros. Sin embargo me dijo que me iba a contestar
con datos y señales sobre un proceso que estaba en marcha. Lo hizo
y, al final, me dijo que me iba a hacer él una pregunta a mí.
Consistía en pedirme que dijera por qué en San Petersburgo,
de donde es, había una calle dedicada a los vascos.
Le contesté que no lo sabía y que trataría
de averiguarlo pero si él, que había sido gran jefe de la
KGB no lo sabía, poco iba yo a aportarle. Se rió y ahí
quedó la cosa y hasta éste jueves 9 en que nos ha venido
al Senado con todo su séquito como parte de su visita oficial a
España.
Tras los himnos, los saludos, el batallón de pelotas
a su alrededor, la firma en el libro de honor, la entrega de un impresentable
“Atlas de España y sus Provincias de Ultramar”, nostalgia
incluida de aquel viejo imperio, pasamos al salón de los Pasos
perdidos donde flanqueado por Rojo y Marín, comenzó el acto
parlamentario previsto en el programa.
Después de un discurso de Rojo cargado de tópicos
al uso sin tocar con el pétalo de una rosa nada que tuviera que
ver con los derechos humanos hablando de los “Niños de la
Guerra” que fueron a Rusia tras la contienda civil, que por cierto,
los pobres están como locos por rehacer su vida por aquí,
dio comienzo el turno de preguntas.
Estábamos sentados en U y Rojo le dio la palabra
al portavoz socialista Diego López Garrido. Ese día, por
la mañana, en la Cope, Jiménez de los Santos le había
descrito como componente de un mariachi del PRI. Y, efectivamente, tuvo
la clásica intervención aseada, políticamente correcta,
hablando de los lazos de unión y otras sinsorgadas al uso.
Seguidamente me dio la palabra.
Le recordé que hace seis años le había
hecho la misma pregunta que le iba a formular y seis años después
seguía sin respuesta su curiosidad sobre la calle Los Vascos de
San Petersburgo.
Le dije que había leído sus declaraciones
diciendo que a Hamas no había que considerarle una organización
terrorista sino darle su oportunidad en Palestina, pero, frente a eso,
seis años después, la situación en Chechenia no sólo
no había mejorado, sino empeorado, había ocurrido la masacre
de Beslan, iba a haber elecciones en noviembre y solo tenían cancha
las fuerzas pro-rusas y le preguntaba por que el mismo criterio que aplicaba
para Hamas no lo utilizaba para Chechenia.
Me traspasó con su gélida mirada azul taladrante.
Junto a él el nerviosismo de sus colaboradores y el carraspeo de
los españoles. Con él estaba asimismo el ministro de asuntos
exteriores, el de justicia, el del consejo de seguridad, nuestro viejo
amigo Ivanov, el presidente de Asuntos Internacionales de la Duma, el
director del servicio del control de tráfico de drogas y el embajador
de Rusia en España.
Me dijo que no tenía nada que ver Chechenia con
Palestina. Palestina es un problema internacional, Chechenia un problema
interno de Rusia y me iba a contestar porque no quería poner vallas
al problema.
“Chechenia es un problema de hondas raíces
históricas que se encona con el desmoronamiento de la Unión
Soviética. Rusia llegó a concederles la independencia pero
de ésta región se apoderaron los fundamentalistas y las
bandas terroristas. Nosotros dijimos: o tomamos el control de la situación
o nos destruyen y planteado el problema así, como una guerra, hemos
estado en guerra. Ustedes deberían agradecernos lo que hemos hecho
con Chechenia porque del Mar Negro al Caspio, con ellos, hubiera sido
toda Europa un infierno. Ustedes nos tenían que dar gracias por
lo que hemos hecho y de forma reverencial, inclinándose ante lo
que nos ha supuesto esta cuestión.
“Hemos concedido cuatro amnistías, organizado
referendums, atajado la violencia, erradicado lo exógeno ya que
no es el Islam lo tradicional de Chechenia, les hemos otorgado competencias
autonómicas al filo de la ley, al límite de los poderes
y organizado elecciones presidenciales y renovado todo el entramado institucional.
Hemos metido tanques, porque ellos metieron tanques. Queremos que todos
participen en la vida política excepto los que quieren seguir luchando
y usted sabe que en las guerras se producen víctimas”.
“En relación con lo que dice de Hamas nosotros
sabíamos que iban a ganar aunque no con tanta diferencia. Se habían
quedado sin un líder como Arafat que lo controlaba todo y el partido
gobernante estaba desgastado por casos de ineficiencia y corrupción.
Yo he invitado a visitar Moscú a los representantes de Hamas.”
Todo esto dicho con voz autoritaria durante veinte interminables
minutos.
La pregunta siguiente fue la de Durán, de CIU,
diciendo que no preguntaba sobre Catalunya sino sobre Irán. Al
parecer le había picado que me hubiese llevado el gato el agua
por haber sido tan impolíticamente incorrecto.
Me causó Putin, a diferencia de hace seis años,
una impresión terrible. La de un autócrata, no la de un
demócrata y así como hacía seis años había
estado cercano y distendido, este jueves estuvo envarado, mandón
y dando la impresión de que es un hombre poderoso y que por serlo
ha terminado por creérselo y ejerce de tal.
¡Pobres Chechenos!
Los derechos humanos son asunto interno de Rusia. No
son derechos universales.
Lógicamente es un problema interno ante el nivel
de incienso y peloteo de los españoles allí presentes y
del temor reverencial que sigue despertando todo lo que huele a Rusia
y a la figura del Zar de todas esas Rusias.
Pero no para mí. Un liliput desobediente que está
dispuesto a interrumpir la buena digestión de los amos de la tierra.
Los de siempre.
¡Ah! Y todo esto fue a puerta cerrada. Solo se
enteraron los allí presentes. Por eso lo cuento y si quiere usted
tener más información y leer un magnífico análisis
de cómo están las cosas en Rusia pinche la sección
“Viajes-Encuentros”.
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