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13 DE ENERO DE 2006 - VIERNES

 

¡A MI SABINO QUE LOS ARROLLO!

 

El jueves 12 de enero pude ver en directo como un equipo de estrellas aplastaba a un Athletic de Bilbao sumido en el desconcierto, la falta de punch y de fe en su posible victoria. Once señoritos de mantequilla desanimados, frente a un mal Real Madrid que le metió cuatro goles casi sin darse cuenta mientras desde ultra sur gritaban: “Oe, oe, oe, a Segunda, a segunda”, “Euskal Presoak a la Cámara de Gas”, “Española, si, ikurriña, no”.

Aquellos gritos conectan con un sentimiento no solo madrileño sino también de por aquí para que se inaugure históricamente la segunda división por un equipo compuesto únicamente por vascos. O como diría Ansón: solo por españoles.

Por cierto, allí estaba este director de medios de la derecha española diciéndome que éste no es su Athletic. Al parecer recuerda el de la famosa delantera y dentro de ella a su admirado Piru Gainza.

Cuando le saludé hablaba con el periodista Raúl del Pozo. Les dije que el Ayuntamiento de Bilbao acaba de inaugurar una colección de libros de bilbaínos ilustres con la biografía de Belauste, el del famoso grito: “A mi, Sabino que los arrollo”. Le dije para su horror que no se refería a Sabino, el futbolista, sino a Sabino Arana. Se rieron pero pensaron que igual tenía más razón en lo del arrollamiento político que en el arrollamiento futbolístico.

Pude ver el partido junto a Javier Maqueda y Marga en el palco del Real Madrid por gentil invitación del presidente Florentino Pérez que quiso que me sentara a su lado, pero por una confusión, estuve dos filas más atrás. No se como se ve un partido al lado del presidente del Real Madrid ganador y de un Athletic con Lamikiz perdedor, pero la visión de ese lugar es algo increíble. Casi trescientas localidades de palco moderno, surtido de ágapes, de gente hablando de negocios y saludándose.

Toda una experiencia que me sigue reafirmando que a pesar del 4-0, del mal fútbol, del peligro del descenso, sigue valiendo la pena soportar la quijotada de continuar con esa filosofía de vida que dicta que los equipos deben representar a los de casa y no a la legión extranjera aunque en su día Ramón Mendoza me dijera que tuviera claro que el fútbol ya no es un deporte sino fundamentalmente un espectáculo. Le dije que si, pero que seguía creyendo que se podían hacer las dos cosas.

El viernes volví en avión a Bilbao. Allí pude hablar con Javier Clemente que estaba fresco como una lechuga. Trasmitía serenidad mientras me decía que en la segunda vuelta iban a reaccionar. Ojalá.

Al entrar en el avión de uno en uno vi a los jugadores de cerca y salvo Llorente, me parecieron chavalitos sin envergadura física para aguantar el embate. En fin. Ojalá esto lo subsanen con mala leche y con el grito de Belauste: ¡A mi Sabino, que los arrollo!