El jueves 12 de enero pude ver en directo como un equipo de estrellas
aplastaba a un Athletic de Bilbao sumido en el desconcierto, la falta
de punch y de fe en su posible victoria. Once señoritos de mantequilla
desanimados, frente a un mal Real Madrid que le metió cuatro goles
casi sin darse cuenta mientras desde ultra sur gritaban: “Oe, oe,
oe, a Segunda, a segunda”, “Euskal Presoak a la Cámara
de Gas”, “Española, si, ikurriña, no”.
Aquellos gritos conectan con un sentimiento no solo madrileño
sino también de por aquí para que se inaugure históricamente
la segunda división por un equipo compuesto únicamente por
vascos. O como diría Ansón: solo por españoles.
Por cierto, allí estaba este director de medios de la derecha
española diciéndome que éste no es su Athletic. Al
parecer recuerda el de la famosa delantera y dentro de ella a su admirado
Piru Gainza.
Cuando le saludé hablaba con el periodista Raúl del Pozo.
Les dije que el Ayuntamiento de Bilbao acaba de inaugurar una colección
de libros de bilbaínos ilustres con la biografía de Belauste,
el del famoso grito: “A mi, Sabino que los arrollo”. Le dije
para su horror que no se refería a Sabino, el futbolista, sino
a Sabino Arana. Se rieron pero pensaron que igual tenía más
razón en lo del arrollamiento político que en el arrollamiento
futbolístico.
Pude ver el partido junto a Javier Maqueda y Marga en el palco del Real
Madrid por gentil invitación del presidente Florentino Pérez
que quiso que me sentara a su lado, pero por una confusión, estuve
dos filas más atrás. No se como se ve un partido al lado
del presidente del Real Madrid ganador y de un Athletic con Lamikiz perdedor,
pero la visión de ese lugar es algo increíble. Casi trescientas
localidades de palco moderno, surtido de ágapes, de gente hablando
de negocios y saludándose.
Toda una experiencia que me sigue reafirmando que a pesar del 4-0, del
mal fútbol, del peligro del descenso, sigue valiendo la pena soportar
la quijotada de continuar con esa filosofía de vida que dicta que
los equipos deben representar a los de casa y no a la legión extranjera
aunque en su día Ramón Mendoza me dijera que tuviera claro
que el fútbol ya no es un deporte sino fundamentalmente un espectáculo.
Le dije que si, pero que seguía creyendo que se podían hacer
las dos cosas.
El viernes volví en avión a Bilbao. Allí pude hablar
con Javier Clemente que estaba fresco como una lechuga. Trasmitía
serenidad mientras me decía que en la segunda vuelta iban a reaccionar.
Ojalá.
Al entrar en el avión de uno en uno vi a los jugadores de cerca
y salvo Llorente, me parecieron chavalitos sin envergadura física
para aguantar el embate. En fin. Ojalá esto lo subsanen con mala
leche y con el grito de Belauste: ¡A mi Sabino, que los arrollo!
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