En La ciudad
del diablo, su nueva novela, Angela Vallvey da un vuelco a su narrativa:
se aleja de los espacios urbanos y apuesta por el microcosmos del pueblo;
abandona el ámbito de lo íntimo, de las relaciones personales,
para levantar una historia de personajes balanceados por las circunstancias
y por el momento histórico que les ha tocado vivir.
Noviembre de 1975, cuando la vida de Franco está dando los últimos
coletazos, es la fecha de arranque de una obra en la que la ganadora del
Premio Nadal 2002 con Los estados carenciales muestra, según sus
propias palabras, su lado más auténtico.
Historiadora de formación, aunque nunca ha ejercido como tal,
a la escritora esta novela le ha permitido desarrollar esa vocación.
“Hay mucho que decir todavía del franquismo. Llevamos 30
años de retraso. No hemos hecho más que empezar con la Guerra
Civil. Ahora hay una especie de avalancha de publicaciones, pero es que
hasta el momento sentíamos pudor y cobardía para afrontar
una realidad demasiado dura”, señala.
“Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”, afirma
Vallvey. “Seguimos siendo una sociedad dividida, y todo parte de
la Guerra Civil. Ese cainismo, esa división entre pobres y ricos,
entre rojos y azules, entre meapilas y anticlericales es la España
que sigue funcionando hoy en día, con otras armas y otros adornos”
señala.
Y frente a esos momentos de superación, como la Movida de los
80, “que quiso superar de un plumazo 40 años de represión”,
o los recientes avances en el campo de los derechos de los homosexuales.
Muchas de esas luces que en su novela se vislumbran han podido encenderse,
“pero no podemos olvidar que seguimos arrastrando bastantes rémoras
y al respecto la literatura puede convertirse en un importante instrumento
de análisis y de reflexión”.
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