Se está recordando
desde el 13 de septiembre el 25 aniversario del fallecimiento de José
M. Gil Robles, un personaje hoy desconocido pero que en tiempos de la
República, junto con Azaña, Calvo Sotelo, Prieto, Besteiro
y Largo Caballero fue un hombre clave hasta el punto que a las elecciones
de 1936 fue con un solo lema: “A por los trescientos”. Quería
ese número de diputados, le llamaban “El Jefe” cuando
a Mussolini le apelaban “El Duce” y a Hitler “el Fuhrer”
y estuvo a punto de condicionar lo que iba a ser la España de su
tiempo. No sabemos qué hubiera pasado de haber ganado aquellas
elecciones de 1936, que las ganó el Frente Popular y eso hizo que
esa derecha asilvestrada, junto con los militares, preparara la sublevación
del 18 de julio.
Lo traigo a colación porque en aquellos años anteriores
y posteriores a la muerte de Franco en 1975 el PNV formaba parte de una
plataforma política que se llamaba Equipo Demócrata Cristiano
del Estado Español en la que estaba Gil Robles, cuya admisión
en ese club había sido laboriosa ya que, a pesar de que había
tenido que exiliarse a Estoril, se le veía como uno de los responsables
de la guerra civil en el bando de los vencedores.
Por aquellos años, al dirigente del PNV Juan Ajuriaguerra andaba
dando vueltas por Europa con ese Equipo y con Gil Robles, y eso venía
bien para enviar un mensaje de reconciliación ante lo que pudiera
venir tras la muerte de Franco. Ajuriaguerra el condenado a muerte en
1937 y Gil Robles el ministro de Defensa de aquel bienio negro que tuvo
al general Franco bajo sus órdenes, proyectaban una buena imagen
de futuro a pesar de la edad.
Recuerdo también que le llamaban el Elefante y que tras la pérdida
absoluta en junio de 1977, ya que no salió elegido ni él,
aquel que iba en 1936 a por los trescientos, radicalizó su mensaje
antinacionalista y dijo, tras la aprobación del estatuto de Gernika
que éste era el primer paso hacia la independencia.
Yo le conocí en marzo de 1977. El Equipo DC organizó en
el hotel Meliá de Madrid un “Encuentro con Europa”
donde trajo a lo más granado de la política democristiana
europea de su tiempo para proyectar la imagen de homologación internacional
y apuesta por la inclusión del estado español en una Europa
en construcción que alejara todos los fantasmas del pasado. Y ahí,
una vez más, la imagen de dos veteranos como Ajuriaguerra y Gil
Robles junto a Ruiz Jiménez, al que llamaban “Sor Intrépida”
y a quien vi recientemente en el homenaje a Carrillo bastante sordo y
limitado por la edad, venía bien para que en las cancillerías
europeas pensaran que la transición española se iba a basar
en el perdón y en el no mirar atrás.
Gil Robles era hijo de Enrique Gil Robles, un importante miembro de
la Comunión Tradicionalista que participó activamente en
la política de la Restauración al servicio del Rey carlista
Carlos VII. Terminó el bachillerato a los quince años y
se doctoró en derecho en Madrid con 22, incorporándose a
la cátedra de derecho Administrativo de Gascón y Marín
obteniendo poco después la cátedra de derecho político
de la universidad de La Laguna, aunque pidió la excedencia para
dedicar todo su esfuerzo al diario “El Debate” que había
fundado el periodista santanderino que fue Angel Herrera Oria, hoy en
proceso de beatificación.
Según Cristina Barreiro, profesora de Historia Contemporánea
de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, Herrera fue quien “consciente
de sus cualidades, vio en Gil Robles a la persona idónea para organizar
la derecha española”. Herrera, que después llegaría
a Cardenal, y el jesuita Ángel Ayala, fueron quizás las
personas que más influyeron en Gil Robles para dar el salto a la
acción política.
Gil Robles apoyó la sublevación militar de 1936 como golpe
de estado tras el asesinato de Calvo Sotelo. Como relata el notario Ignacio
de Prada, probablemente el último amigo vivo de Gil Robles, en
el boletín de la Asociación Católica de Propagandistas,
“a José María no lo asesinaron porque cuando los guardias
de asalto fueron a buscarle a su casa no se encontraba en Madrid”.
De todas formas, al líder derechista no le gustó el sesgo
que tomaron los acontecimientos durante la guerra civil y se exilió
en Portugal trabajando, desde entonces, por la causa de Don Juan. En 1962
participó en el denominado “contubernio” de Munich
lo que le supuso un nuevo exilio en Ginebra de otros dos años.
Fue, también, un brillantísimo abogado y asumió
la defensa de causas sonadas durante el final del franquismo como la de
Vilá Reyes y el caso MATESA. Su hijo José María Gil
Robles y Gil Delgado fue presidente del Parlamento Europeo y Álvaro
es el actual comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa.
¿Dónde estaría hoy políticamente Gil Robles?.
Con Rajoy, Acebes y Zaplana. Su periplo vital, sensible por su pasado
antes de la muerte de Franco y, cada vez más derechista al final,
nos hacen pensar que no había aprendido nada, ni había olvidado
nada a pesar de que la imagen de la reconciliación con Ajuriaguerra
le había dado mucho juego.
El PNV, que podía haber esgrimido el discurso de la revancha,
no lo hizo, por eso conviene recordar estas cosas en este silencioso aniversario.
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