Me oyes? No te asuste el
silencio que baja de la montaña.
Tu grito sigue vibrando en las alturas
y florece en las cascadas que fluyen hacia el mar.
Tu sangre reverdeció en amapolas
que despiertan cuando apunta el sol
y tu himno truncado resuena en la niebla
que los valles arropa y acaricia tu tumba.
No te asuste el silencio, el silencio de espera.
Tú lo conoces, lo sentiste en la carne.
El silencio fructífero que revienta en claveles.
El silencio de la roca que resiste centurias;
el silencio de la mina de hierro,
y el silencio que los campos germina.
El silencio tenso que rompiste cantando,
el silencio que de gloria cubrió tu cadáver.
No te asuste el silencio del invierno que pasa.
¡Qué graznen los cuervos y croen los sapos!
El viento disipará la carroña,
y la lluvia barrerá sus manchones.
Tu sangre será más roja que nunca
cuando en banderas retoñe la primavera;
tu alma florecerá en verdor de pradera
y blancura de margaritas silvestres.
El valle será tuyo y será nuestro,
con dos cruces por tú y por Ella.
No te asuste el silencio que baja de la montaña.
¿La recuerdas? fue volcán, y tú fuiste lava.
Los robles ya están retoñando,
y las hogueras brillan cuando el Día llega;
las hogueras que tú encendiste,
y el plomo no pudo apagar.
Los senderos del monte crepitan
con pisada de corazones y latido de makilas;
como antes tú, antes de reventar en flores.
No te asuste el silencio que marca tu tumba.
Nadie se acerca a ese montículo,
porque lo veneran.
Tu lápida es una pared aún horadada,
y tu epitafio los surcos sin trazar.
Estás sólo, porque todos te acompañan.
El pescador que zarpa en mar de ilusiones,
y el labriego que ara en tierras sin granar.
¿Me oyes? Nuestro clamor es de martillos
que gobiernan en el yunque de la fe,
y están forjando las campanas
que repiquen al amanecer.
No te asuste el silencio que empuja el sirimiri.
Es el silencio de aquella mañana,
de la última antes de caer;
cuando viste nacer la aurora
que nunca llegó al crepúsculo para ti;
cuando oíste cantar los pájaros
gorjeos de amor al rayar el día,
y tu postrer estrofa entonaste
a la Patria que madre y novia fue
con letra de sangre y rimas de coraje
entre las rocas del Gorbea al amanecer.
Amanecer de jornada sin fin,
que se prolonga en ese silencio de tu dormir.
No te asuste el silencio que baja de la montaña.
Es el silencio que precedió a tu muerte,
cara a cara con Ella.
El silencio que rompiste gritando
el grito que retumba en las alturas,
grito que arrastrarán las nubes y el viento
y grito que despertará los valles,
el grito que clama desde tu tumba y florece en amapolas,
el grito que se desploma en cascadas hacia el mar.
No te asuste el silencio que arrulla nuestros sueños.
El silencio habla, el silencio clama.
Susurra leyendas a los niños que juegan a tu vera,
sabiendo que tú estás allí enterrado;
no te tienen el miedo de los cementerios,
te tienen el amor de los santuarios.
Saben que fuiste clarín, y te admiran;
sueñan ya en vibrar un día como tú,
y en silencio germinan las semillas
que tu corazón sembró al explotar,
partido no por las balas, partido de dolor.
No te asuste el silencio de la noche sin luceros.
Es el silencio de aquellas noches
tras los combates de Artxanda,
es el silencio del Sollube y el silencio del Jata,
es el silencio de tu heroísmo
y el silencio de tus ilusiones.
¡Gudari¡ no temas, tu espolón no quedó desierto
ni las balas pudieron tu trompa quebrar.
No te asuste el silencio que baja de la montaña.
La nieve cubrió sus cimas,
fue el sudario de los héroes;
el huracán sacudió sus bosques,
fue el responso de los mártires.
Pasó el invierno, la montaña queda.
Y tu tumba sin cruces florece
en mil lauburus de esperanza.
No te asuste el silencio del ayer superado.
Escucha el rumor que ya viene,
de mendigoixales que serán gudaris
Eres tú reverdecido
en cachorros que se acercaron en tu recuerdo.
Eres tú, tú mismo,
en que cayó hace tantos años,
y no murió porque en claveles se reprodujo.
Los claveles de tu ikurriña,
la ikurriña en lo alto del Gorbea.
¡Mírala¡ y que bien luce. Es la tuya.
No te asuste el silencio que aguarda en la montaña.
Fue el silencio que cerró la descarga.
Pero tu grito rebotó de roca en roca,
tu irrintzi de final con victoria.
Quien muere con gloria nunca muere,
y sus sangre semilla de ejemplo será.
¡Gudari, despierta¡ la aurora llegó.
Otra aurora sin crepúsculos,
porque es aurora de esperanzas.
La que soñaste al caer gritando,
el grito que ya despertó los valles,
el grito que rasgará los silencios,
el de los Vascos que a la lucha van.
Gudari, como aquella tarde,
canta y grita con nosotros:
¡Gora Euzkadi Askatuta¡ |