El nombre de las “Naciones
Unidas”, acuñado por el Presidente de los Estados Unidos
Franklin D. Roosevelt, se utilizó por primera vez el uno de enero
de 1942, en plena segunda guerra mundial, cuando representantes de 26
naciones aprobaron la “Declaración de las Naciones Unidas”,
en virtud de la cual sus respectivos gobiernos se comprometían
a seguir luchando juntos contra las Potencias del Eje. (Alemania, Italia,
Japón con acompañamiento del general Franco.)
Las primeras organizaciones internacionales establecidas por los Estados
tenían por objeto cooperar sobre cuestiones específicas.
La Unión Internacional de Telecomunicaciones fue fundada en 1865
bajo la denominación de Unión Telegráfica Internacional,
y la Unión Postal Universal se creó en 1874. Hoy en día
son organismos especializados de las Naciones Unidas.
En 1889 se celebró en La Haya la primera Conferencia Internacional
de la Paz con el objeto de elaborar instrumentos que permitiesen resolver
pacíficamente las crisis, evitar la guerra y codificar normas de
conducta en tiempo de guerra. La Conferencia aprobó la Convención
para el arreglo pacífico de los conflictos internacionales y estableció
la Corte Permanente de Arbitraje, que comenzó a operar en 1902.
El precursor de Naciones Unidas fue la Sociedad de las Naciones, organización
concebida en similares circunstancias durante la primera guerra mundial
y establecida en 1919, de conformidad con el Tratado de Versalles, “para
promover la cooperación internacional y conseguir la paz y la seguridad”.
También en el marco del Tratado de Versalles se creó la
Organización Internacional del Trabajo como organismo afiliado
a la Sociedad de las Naciones. La Sociedad de las Naciones cesó
su actividad al no haber conseguido evitar la segunda guerra mundial.
Su sede estuvo en Ginebra.
En 1945, representantes de 50 países se reunieron en San Francisco
en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional,
para redactar la Carta de las Naciones Unidas. Los delegados deliberaron
sobre la base de propuestas preparadas por los representantes de China,
la Unión Soviética, el Reino Unido, y los Estados Unidos
en Dumbarton Oaks, Estados Unidos, entre agosto y octubre de 1944. La
Carta fue firmada el 26 de julio de 1945 por los representantes de los
50 países.
Las Naciones Unidas empezaron a existir oficialmente el 24 de octubre
de 1945, después de que la Carta fuera ratificada por China, Francia,
la Unión Soviética, el Reino Unido, los Estados Unidos y
la mayoría de los demás signatarios.
LA BATALLA REPUBLICANA
Tras la segunda guerra mundial, el mundo libre contaba los días
que le quedaban al general Franco como dictador de una España que
había dado asistencia y apoyo a los vencedores de la guerra y que,
en el caso vasco, había permitido que la Legión Condor alemana
se entrenara en una especie de guerra total contra poblaciones indefensas
aplicando bombardeos aéreos que empezaron en Otxandiano, siguieron
en Durango y el 26 de abril de 1937 destruyeron la Villa símbolo
de los vascos: Gernika. En el juicio de Nuremberg el responsable de aquella
masacre, Hugo Sperrle, les culpó al general Franco y al mariscal
Goering haber decidido probar lo que ocurría cuando a una población
se le arrojan toneladas de bombas incendiarias. No parecía probable,
pues, que aquellos crímenes contra la humanidad pudieran quedar
sin castigo y mucho menos que sus responsables fueran admitidos en la
comunidad internacional.
Fallecido Manuel Azaña en Montauban (Francia) en 1940 tras haber
dimitido como presidente de la República Española, las instituciones
republicanas decidieron dar la batalla política alrededor de unas
instituciones que habían de ser remozadas y a tal efecto en agosto
de 1945 eligieron en la ciudad de México a Diego Martínez
Barrio como presidente interino de la República, encargando éste
al republicano José Giral formar gobierno como presidente de aquella
institución en la que se hicieron presentes todas las fuerzas democráticas
españolas que en aquel momento se encontraban en el exilio y, entre
otras cosas, decidieron personarse en las nacientes Naciones Unidas con
objeto de que las potencias ganadoras de la guerra no admitieran al régimen
de Franco.
José Giral, Fernando de los Ríos, Jesús de Galindez,
Josep Irla, José Antonio de Aguirre, Antón de Irala, entraron
y salieron con decenas de informes del despacho del Secretario General
de unas Naciones Unidas que empezaban a dar sus primeros pasos.
DOS SECRETARIOS GENERALES
Es conocida la fotografía en la que se ve al Secretario General
Tryve Lie con Aguirre, Galindez e Irala analizando varios documentos en
contra de la entrada de Franco en aquel selecto club de vencedores de
una guerra que como potencias ganadoras consagraban el principio de veto
para aquello que no les gustaba.
Tryve Lie, que fue el primer secretario general, había nacido
en Noruega en 1896 y había sido nombrado el 1 de febrero de 1946
con mandato de cinco años que fue prorrogado por tres más
el 1 de noviembre de 1950, aunque el 10 de noviembre de 1952 se retiró
del cargo antes de cumplir ese segundo mandato. Lie pudo ver como la primera
batalla dada en Naciones Unidas por los republicanos y los nacionalistas
vascos y catalanes se saldaba con el acuerdo favorable a las tesis de
los demócratas republicanos pero al irse en 1952, supo que la batalla
la habían perdido porque los aliados prefirieron apostar por la
seguridad que les ofrecía el régimen de Franco ante una
“guerra fría” que era toda una nueva amenaza. “Un
telón de acero ha caído en el centro de Europa” había
sentenciado Winston Churchill en la Universidad de Missouri por lo que
aquellas primeras victorias republicanas se fueron convirtiendo en sonoras
derrotas. Al final como escribió el delegado del Gobierno Vasco
en Nueva York ante aquel panorama “solo dos gobiernos tuvieron vergüenza
“. México y Bélgica. Los demás terminaron apoyando
a la dictadura.
Toda esa parte de reconocimiento internacional al régimen de
Franco le tocó presidirla a Dag Hammarskjold que había nacido
en 1905 en Suecia y sustituía al noruego Lie en abril de 1953.
Cuatro años después se le renovó de forma unánime
por la Asamblea su mandato por cinco años más pero murió
en un extraño accidente aéreo antes de terminar su mandato
mientras se encontraba en una misión de paz en el Congo el 12 de
septiembre de 1961. Por su activa participación en esta cuestión
recibió de forma póstuma el premio Nobel de la Paz.
DOS PRESIDENTES
No sabemos el tipo de política que hubiera adoptado el presidente
Roosevelt respecto a Franco en el caso de haber vivido. Lo que si sabemos
es la que llevó a cabo su vicepresidente Harry S. Truman que hubo
de tomar posesión del cargo tras el fallecimiento en 1945 del carismático
político demócrata.
En 1948 obtuvo la reelección para un segundo mandato, que ejerció
en 1949-53. Mantuvo la continuidad con la política de Roosevelt,
consolidando los avances del New Deal con un programa de profundización
en la democracia económica y social. No obstante, no pudo impedir
que el Congreso aprobara la Ley Taft-Harley, que limitaba el derecho de
huelga y arrebataba a los sindicatos el monopolio de la representación
de los trabajadores (1947). Tampoco pudo evitar que el clima internacional
de la “guerra fría” se contagiara al interior de la
sociedad americana, produciendo una especie de psicosis anticomunista:
bajo la inspiración del senador McCarthy, el Congreso lanzó
una verdadera “caza de brujas” contra supuestos infiltrados
comunistas en la Administración, el ejército y el mundo
de la cultura; en el mismo sentido iban la Ley MacCarran-NIxon de 1950
(que permitía el registro de las organizaciones izquierdistas)
y la Ley MacCarran-Walter de 1952 (que imponía restricciones a
la inmigración).
Truman se inició en la política exterior asistiendo a
conferencias que trataron de organizar el orden internacional de la posguerra
(Conferencias de Postdam y San Francisco, 1945). Enseguida descubrió
las ambiciones de poder de Stalin y adoptó una postura firme para
impedir el expansionismo soviético; “la doctrina Truman”,
basada en contener a la URSS mediante ayudas económicas y militares
a los gobiernos amigos, daría lugar a un largo período de
“guerra fría”; es decir: una bipolarización
de la política mundial entre los Estados Unidos y la Unión
Soviética, en continua tensión, pero sin llegar a enfrentarse
en guerra abierta. A diferencia de la actitud aislacionista que adoptaron
los Estado Unidos al final de la Primera Guerra Mundial (a la cual se
acusaba en gran parte de los problemas del período de entreguerras),
Truman hizo que, al final de la Segunda, el país se volcara en
la acción exterior: apoyó decididamente la creación
de la ONU (1945), apoyó con dinero y armas a los gobiernos de Grecia
y Turquía para impedir que cayeran en la órbita soviética
(1947-49), financió generosamente un programa de ayuda económica
para la reconstrucción de Europa (el Plan Marshall de 1948), organizó
una alianza militar con sus aliados de Europa Occidental y Norteamérica
(la OTAN, en 1949) y respondió con firmeza al bloqueo soviético
de Berlín Occidental (organizando el abastecimiento mediante un
puente aéreo en 1949). La misma actitud se proyectó hacia
Asia, en donde las tensiones sociales y la inestabilidad política
ofrecían un terreno abonado para la expansión comunista:
Truman llevó sus programas de ayuda económica y militar
a Oriente Medio (desde 1950), extendió las alianzas militares norteamericanas
(Pacto del Pacífico, 1951), e intervino militarmente para impedir
la desaparición del régimen prooccidental de Corea del Sur
frente al régimen comunista del Norte (Guerra de Corea, 1950-53).
Tras haber enmendado la Constitución para impedir en lo sucesivo
que un presidente fuera elegido para más de dos mandatos, se retiró
de la política al concluir el suyo en 1953.
Le sucedió Dwight Eisenhower, “Ike”, militar de West
Point, oriundo de Texas y jefe de las fuerzas aliadas en la segunda guerra
mundial. Desiste de una nominación republicana para las elecciones
de 1948, para presidir la prestigiosa Universidad de Columbia. Truman
lo invitó a asumir como comandante militar la recién conformada
Alianza Atlántica en Europa.
La compleja situación política internacional, la guerra
de Corea, el enfrentamiento con la Unión Soviética lo llevan
a presentarse a las elecciones acompañado por Richard Nixon como
vicepresidente derrotando al demócrata Adlai Stevenson. Fue reelegido
en 1956 para un segundo mandato. Le sucedió el presidente Kennedy.
Eisenhower fue el militar que dio el paso de reconocer al general Franco,
viajar a Madrid y abrazarlo en el aeropuerto de Barajas. Aquella imagen
causó un daño inmenso en la moral de los republicanos y
de los nacionalistas vascos y catalanes que habían unido su destino
al apoyo aliado para eliminar la dictadura franquista.
Salvador de Madariaga que había sido embajador de la República
en aquella Sociedad de Naciones de Ginebra se lamentaba en 1958 en el
New York Times: “Estimo como lo más necesario en los tiempos
actuales que los Estados Unidos gocen de la confianza del mundo libre.
Pero ¿quién va a confiar en un Estado que, presentándose
como campeón de la libertad, se muestra amable con los dictadores
y arisco con las democracias?”
LOS VASCOS FRANQUISTAS
Si por una parte los nacionalistas vascos Aguirre, Irala, Galindez e
Irujo llevaban el peso de la presión junto a los republicanos Giral
y De los Ríos, por la otra, un ex alcalde franquista de Bilbao
que había sido embajador en Vichy y ministro de Exteriores del
régimen de Franco, José Félix de Lequerica era el
encargado de dar aquella batalla para que la primera derrota internacional
de 1946 se volviera en victoria con el reconocimiento del régimen.
A tal efecto idearon nombrarle “Inspector de Embajadas” ya
que los Estados Unidos no admitían un embajador del franquismo
en Washington. Con este disfraz diplomático, Lequerica, “Cruz
de Hierro” impuesta por Hitler, se las ingenió para ir comprando
voluntades. Contó con el inestimable apoyo de otros vascos como
Manuel Aznar, José María de Areilza, Juan Pablo de Lojendio,
y, el jefe de todos ellos, Fernando María Castiella que en 1957
había sustituido al medio vasco Martín Artajo que tantas
puertas había abierto a todos esos amigos suyos, vascos todos.
AMBIENTE INTERNACIONAL
En el Instituto de Historia del CSIC, Alberto J. Lleonart en el sexto
volumen de un análisis de las relaciones entre España y
la ONU hacía hincapié en que el régimen franquista
supo aprovecharse del contexto de guerra fría para sobrevivir.
El ingreso de España en la ONU, aprobado en la Asamblea General
el 14 de diciembre de 1955, legitimó otros pactos, como el concordato
con la Santa Sede y los acuerdos con Estados Unidos. Permitirá
también esa lenta normalización de la posición internacional
de un país, cuyo régimen político no era aceptable.
En cuatro años el gobierno de Franco se reafirmó en el exterior.
La España forzada a la autarquía vivió atenta a
la reconstrucción europea, a los programas económicos, a
las organizaciones puestas en marcha. Había que liberalizar. Se
creó en 1951 la cartera de Comercio, quitando competencias a Industria,
el buque insignia de la autarquía. Era la respuesta a la nueva
etapa abierta por la Declaración Schuman y la formación
de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. El primer paso
fue la llegada de capitales norteamericanos, según lo previsto
en el “Convenio de Ayuda Económica”.
Una serie de reajustes “acomodaron” a la sociedad española,
creando una situación que conducía a una integración
cada vez mayor de la sociedad internacional. España, como se apuntó
ya en la etapa de La Sociedad de Naciones, debía renunciar a una
neutralidad que tenía más de marginación que de decisión
de recogimiento.
Las relaciones internacionales, las organizaciones que las regulan,
están más allá del “ius gentium”. Para
entenderlas hay que examinar otros factores, como el poder y la hegemonía,
los intereses, la geopolítica que fija las zonas de influencia,
puntos sensibles y líneas defensivas, la imagen y la opinión,
acuerdos y disentimiento entre los actores que intervienen en la definición
de la acción internacional... Esta complejidad matiza el rechazo
que habría sufrido “la dictadura” de Franco hasta su
desaparición.
La guerra fría extremó la sensación de inseguridad,
la desconfianza en las relaciones internacionales. Fue imposible el ideal
de la “seguridad colectiva” y de la unanimidad como sustituto
del “concierto” y como instrumento más eficaz que el
arbitraje.
La bipolaridad USA-URSS acabó con la centralidad europea. Forzó
a un realismo, que subordinaba los principios a los intereses. La situación
internacional no permitió que la Península Ibérica
fuera neutral. Portugal formó parte de la OTAN. Salazar hizo notar
que su país, sin el “respaldo” de España, perdía
su valor estratégico.
Los obstáculos de índole política vetaron a España
la pertenencia a organismos internacionales, Martín Artajo y Castiella
conocían la intransigencia de los “más altos nóveles
del sistema respecto a la democracia y a las libertades”. Franco
reanudó la práctica de acuerdos bilaterales. Se acabó
aquella utopía de paz con todos que inspiró la diplomacia
de la II República. Los tiempos eran otros. Había que girar
en torno a uno de los grandes. Franco consideró a España
una pieza necesaria para la defensa del mundo libre. Esa fue su baza y
el argumento usado por la propaganda oficial en el interior y por Lequerica
en Estados Unidos. Quedó recogido en el artículo V del convenio
para la ayuda mutua y defensa. Los acuerdos con Estados Unidos ¿influyeron
en el veto de la URSS?
EL HOMBRE ORQUESTA
En marzo de 1957 la prensa bilbaína estallaba de gozo. Uno de
los suyos había sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores del
régimen de Franco. Era el puesto que acariciaba de nuevo José
Félix de Lequerica y soterradamente Manuel Aznar. El uno por haberse
volcado con el nazismo en Vichy y el otro por su pasado nacionalista vasco
no eran personas aptas para la confianza que requería tal puesto
al servicio directo de Franco y de la supervivencia del régimen.
Ese día la prensa local vasca al servicio de la dictadura daba
cuenta del número creciente de los vascos que ocupaban puestos
relevantes sirviendo a aquella satrapía. No sólo seguía
siendo ministro el baracaldés Iturmendi, sino que además
le habían hecho director de Transportes y Abastecimientos a Ibietatorremendia,
que era de Durango como el sempiterno presidente de las Cortes Orgánicas,
Esteban Bilbao. Y puestos a querer vincular al nuevo gobierno, los periódicos
recordaron que el ministro Gual Villalbi residió hacía cuarenta
años en Bilbao como profesor de la Escuela de Comercio y que el
artillero Agustín Plana, nuevo secretario de Obras Públicas,
fue quien puso en marcha Altos Hornos en 1936 y fue su director técnico
durante diez años.
Pero la gran satisfacción para la prensa franquista fue que entre
los nuevos ministros había un bilbaíno, pero de los de verdad,
de los nacidos en Bilbao: Castiella Maíz. Por eso los periódicos
lo presentaron con todo el relieve de un auténtico hombre orquesta.
Como su abuelo materno había emigrado a Texas, se habló
de Castiella como si descendiera de uno de los peregrinos del “May-flower”
y hasta se le llamó “el hombre de los Estados Unidos”
como si, por haber emigrado a América el abuelo, resultase el nieto
más indicado para reforzar las relaciones entre Madrid y Washington.
También se le llamó “el hombre del Concordato”,
cuando todo el mundo sabía que el Concordato no fue hecho por ningún
hombre, sino por unas circunstancias. Si los Estados Unidos hubieran retrasado
más la firma de sus acuerdos con Franco, también en el Vaticano
hubieran retrasado la firma de un Concordato que no iba a concordar nada
y por cuya conclusión no había mostrado Roma ninguna prisa
en catorce años.
Resultó, asimismo, que Castiella era el hombre del Fuero de los
Españoles, puesto que presidió la elaboración de
esta farsa en la que ya no creía ni Esteban Bilbao. Y fue igualmente
editorialista del periódico “El Debate”, soldado de
la División Azul, catedrático de Derecho internacional,
miembro del Tribunal de La Haya, director del Instituto de Estudios Políticos,
embajador en el Perú, y escritor junto con Areilza, de una obra
fascista titulada “Reivindicaciones de España”.
Pero los periódicos, que tan al dedillo se sabían los
méritos del aventajado paisano, omitieron que habían jaleado
ridículamente hacía unos meses, como si fuera al mayor éxito
de Castiella en su vida diplomática, un hecho curioso. Castiella
había sido quien había llevado al Vaticano al equipo del
“Athletic” dando lugar a que el Papa tarareara en su honor
los primeros compases del Alirón. Por lo menos eso decían.
DESAPARECE EL “LYON D’OR”
Toda esta nomenclatura de la diplomacia de la dictadura había
sido tertuliana de un café que llamándose “Lyon D’or”,
el régimen, que no soportaba el inglés, mucho menos cuando
los alemanes ganaban la guerra, lo cambió al “León
de Oro”.
Pero daba la casualidad que en ese año 57 cuando Castiella era
designado ministro de Asuntos Exteriores, el Banco de Vizcaya, que no
era propietario del edificio que ocupaba en Bilbao, sino que tenía
un contrato de alquiler por 99 años, lo sustituyó por otro
de compra venta, adquiriendo a la vez la casa vecina donde estaba el café
“Lyon d’or”, que por aquella razón desaparecía.
Por ésta razón las plumas del régimen escribieron
vanidosamente que en él se lanzaron semillas y se sentaron premisas
cuyos frutos y conclusiones fueron la guerra civil y la dictadura franquista.
Allá con su curiosa vanidad los que así lo afirmaron aludiendo
a la tertulia de intelectuales cuyo verbo más encendido fue el
de Pedro Eguillor, filonazi y hombre desventurado que pereció en
el asalto a las prisiones en 1937.
Pero no es exacto que aquellos contertulios elevaron a Franco y en cambio
es rigurosamente cierto que Franco les elevó a ellos. Abandonando
sus diversas posiciones de origen –monarquía, liberalismo,
socialismo...- casi todos se pasaron al franquismo como un solo hombre
y un solo apetito, y en él estuvieron tan gloriosos. Lequerica
fue embajador y delegado permanente en la ONU, como Zuagazagoitia fue
alcalde y consejero del Reino; Sánchez Mazas llegó a ministro
y entró en la Academia, a cuya puerta quedó Pedro Mourlane
Michelena, subdirector de “Arriba”. Y citemos finalmente a
quien también logró ser embajador, aunque para ello tuvo
que apartarse de la Monarquía y obedecer la Dictadura olvidando
que su apellido era el de un hombre liberal, como había sido el
doctor Areilza, su padre.
Realmente, el “León de Oro”, que duró poco
más de medio siglo, ya no tenía razón de ser. Sus
cachorros eran ya talluditos y sabían andar muy bien por la selva
y las alfombras de las embajadas, haciéndose gratos, desde la dictadura,
a todas las democracias que quisieron admitir aquella patraña de
la “democracia orgánica” de Franco.
Todos habían pasado por la Tertulia del “Lyon d’Or”.
Al finalizar la guerra civil y desaparecida la pluralidad de una discusión
civilizada, los tertulianos que en ese momento se preparaban a medrar
con el régimen, pusieron, en recuerdo de Eguillor, la siguiente
placa: “Aquí, en este rincón, Pedro Eguillor, hablaba
todos los días de España”. Hoy no existe ni placa,
ni Lyon d’Or, ni tan siquiera el menor recuerdo de aquel grupo de
amigos que tan bien sirvieron a una dictadura, en la batalla de las Naciones
Unidas, y que tuvieron que ir maquillando sus biografías a medida
que la Alemania de Hitler iba perdiendo la guerra.
De esta batalla en Naciones Unidas es de lo que trata el presente libro. |