Estamos
próximos a entrar en el cincuentenario del inicio de la guerra
civil española (1936) y en el momento –bastante retrasado
por cierto- en que parece se les reconocerá por el Parlamento y
el gobierno democrático y socialista de la España monárquica,
una modestísima pensión o jubilación a los pocos
que quedan de quienes combatieron contra la dictadura nazi-fascista-falangista
durante los tres años heroicos formando el ejército popular
a partir de aquel 18 de julio. Y es en esa circunstancia cuando llega
a nuestras manos una carta publicada en el diario “El País”
de Madrid (23-8-85) con la firma de un viejo combatiente antifranquista,
Carlos Blanco, la cual habla por sí misma y acusa como más
“lógica” la actitud de Franco que la del gobierno y
Parlamento Socialista y democrático actual. La carta dice así:
“A un Comandante del Ejército Republicano.
Hoy le he reconocido en la calle de Goya, mi comandante. Está
usted viejísimo. Pero lo reconocí. Tenía usted la
sien apoyada en la pared, de rodillas en la acera. Le reconocí
y me paré a leer el cartón donde usted ha escrito: estoy
solo en la vida y no tengo para comer. No me atreví a echarle ninguna
moneda en la lata que tenía usted junto a sus rodillas. Si no hubiera
sonado al caer quizá se la habría echado, ya ve que idiota
soy. Pero la sola idea de que usted, mi comandante, hubiese abierto los
ojos al oírla y me hubiese reconocido me llenó de vergüenza.
De vergüenza al verLe usted avergonzarse. Aunque quizáS no
me hubiese reconocido. Porque yo también estoy muy viejo. Todos
estamos muy viejos. Todos menos el ministro de Defensa “excelentísimo
señor Serra”, que está muy joven y gallardo y que
acaba de otorgarle a usted, mi comandante, “por los servicios a
la patria, por el ojo izquierdo que perdió en Brunete, el sueldo
mínimo de la última escala del final de la lista”.
Muchísimo menos que el de otros comandantes del Ejército
republicano de los pocos “de carrera” que se opusieron al
levantamiento. ¿Qué por qué?. Lo explica con tono
de paciencia nuestro gallardo ministro. Porque esos últimos comandantes
ingresaron en el ejército antes del 18 de julio, o sea, cuando
el Ejército era una carrera más, una carrera para vivir,
y usted lo hizo después del 18, cuando el Ejército era una
carrera para morir, porque usted sabía por qué ingresaba
en la Escuela Popular de Guerra, por qué acudía a la llamada
angustiosa de otro ministro de Defensa, un tal Indalecio Prieto.
¿Por qué nos ofenden, mi comandante, dándonos esta
limosna?. Franco fue lógico, nos trató como enemigos. Pero
esta segunda derrota, mi comandante, es más amarga. La de Franco
fue de frente. Esta es por la espalda, desde dentro, como de quinta columna,
o sea, a traición. Y hubiese agradecido más un sincero y
compasivo “!Dios le ampare, imbécil!”.
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